Memorias sonoras de madres migrantes venezolanas: voces del coraje que maternan en el exilio

Ser madre puede significar uno de los roles más desafiantes y a la vez más satisfactorios para una mujer. Para miles de mujeres refugiadas y migrantes en el mundo, muchas veces implica sostener sobre su humanidad el reto de criar y cuidar a otros sin una red que a la vez las acompañe o cuide de ellas.

Por Rosalinda Hernández


El segundo domingo de mayo se celebró en más de 90 países el «Día de las Madres», incluyendo a Venezuela. En la última década, esta misma nación ha registrado la salida de más de 8 millones de sus ciudadanos, de los cuales el 49% está representado por mujeres: madres cabeza de hogar, gestantes y en edad reproductiva que no se habrían planteado salir abruptamente de su territorio de no haber sido por la Emergencia Humanitaria Compleja y la violación masiva de derechos humanos, entre ellos la persecución política, que las obligó a hacerlo.

Como un tributo al amor y a la resiliencia, desde Laboratorio Migrante registramos las voces de madres migrantes y refugiadas venezolanas que hoy, desde distintas latitudes, conmemoran su día y que sin importar los riesgos, cruzaron fronteras en busca de protección y de un mejor futuro para ellas y sus hijos.

Las voces de Mercedes, de Sandra y de Olga; cada una con historias distintas, al final las une un propósito común: apostarlo todo por sus hijos. Desde Colombia y Estados Unidos, estas madres compartieron algunos trazos de sus vidas, los aprendizajes y satisfacciones de ser una mamá migrante, así como los desafíos más grandes que han tenido que enfrentar en medio del exilio.

Huir con un bebé en camino

Para Mercedes Ramírez lo más hermoso que le ha sucedido luego de su salida forzada de Venezuela, fue el nacimiento de Juan Mateo, su segundo hijo. Tras las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024; marcadas por la represión y la persecución de cuerpos policiales y militares contra cientos de ciudadanos, huyó en búsqueda de refugio a Colombia junto a su esposo y su otro niño. Mercedes salió con seis meses de embarazo

“Había una supuesta una orden de captura en mi contra. Mi foto fue publicada en unos carteles que se difundieron por las redes sociales y distribuidos en puntos de seguridad, decían: se busca. Nos señalaron injustamente”, recuerda esta madre venezolana.

Durante el trayecto de salida, Mercedes admite que temió por su vida, por el bebé que llevaba en su vientre y por el resto de los miembros de su familia, incluyendo a su esposo que presentaba un cuadro de salud delicado, condición que aún persiste en el exilio.

“No es fácil para ninguna madre venezolana estar en el exilio o ser migrante, estar lejos de esa red de apoyo, de la familia, del cariño que nos caracteriza a los venezolanos y más cuando estamos criando un bebé, lejos de sus abuelos, primos, tíos que en Venezuela representan figuras que acompañan. No es fácil estar lejos del compartir familiar y no poderles ofrecer a el amor de sus abuelos o los juegos con sus primitos, eso mis niños se lo están perdiendo”, dice Mercedes mientras su voz se quiebra.

En medio de lo que significa el exilio, dice que sigue aprendiendo a ser feliz en medio de tantos obstáculos y adversidades encontradas en este largo recorrido. Lejos de su natal Venezuela celebra «dando gracias a Dios» por mantener a su familia unida, fortalecida y con la esperanza de un pronto retorno a su país.

Al tercer trimestre de 2021, de acuerdo al DANE , la autoridad estadística colombiana, el 9,5% de los nacimientos (48.075 de 505.114) fueron de madres venezolanas residentes en el país, mostrando un crecimiento continuo desde 2017 hasta la fecha actual.

Por su parte, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), recordó en un estudio que la mayoría de los venezolanos en Colombia buscan estabilidad, siendo las mujeres gestantes o con hijos pequeños un grupo con altas necesidades de atención.

Ser madre en la distancia

Olga Cecilia de Meneses, celebró su día con el corazón dividido: lejos de sus tres hijos. Cada uno se vio forzado a migrar a países distintos. Su madre los recuerda como «lo más bonito que le ha pasado en su vida».

“Toda una bendición”, así describe Olga la crianza de sus hijos. Los acompañó en cada etapa —niñez, adolescencia y parte de la vida adulta— viendo cómo crecían y se formaban profesionalmente. Aunque hoy están lejos de Colombia, país al que ella migró, cada uno está ejerciendo su profesión en distintos destinos y se llena de orgullo «al verlos realizados, felices y con un futuro lleno de oportunidades».

Tras dos años fuera de Venezuela, lo más retador que ha tenido que enfrentar Olga en esta etapa de migración forzosa ha sido aprender a vivir lejos de sus hijos y tener que comunicarse con ellos a través de una pantalla telefónica.

“Extraño sus abrazos y su presencia. Nunca será fácil para mí estar tan lejos de ellos, pero aun así mi corazón se siente tranquilo y feliz de verlos triunfar y construir una mejor vida”.

Entre 2024 y 2025, estudios de la R4V, plataforma interagencial para los refugiados y migrantes de Venezuela (coliderada por ACNUR y la OIM) ), indican que una alta proporción de mujeres venezolanas migrantes —aproximadamente el 42%— enfrenta barreras para regularizarse, lo que perpetúa su exclusión del sistema sanitario. Esta falta de documentación oficial impide el acceso efectivo a servicios públicos de salud y protección social. Aunque los visados temporales (24%) representan una alternativa, muchos generan una ‘permanencia precaria’ que no garantiza estabilidad, limitando el acceso a empleos formales, educación y servicios de salud constantes.

Empecé desde cero, pero con mis hijas

Sandra Albarrán migró hace cinco años a Estados Unidos. Está convencida que lo hizo para proteger a sus hijas, pues Venezuela no les garantizaba esa seguridad y protección. Desde entonces su vida se ha dividido en dos partes: el dolor de lo que dejó atrás y el amor inmenso por el futuro que quiere seguir construyendo.

“Lo más bonito de esta migración ha sido descubrir que aún en medio de las dificultades el amor de una madre puede convertirse en fuerza, refugio y esperanza y verlas a ellas convertirse en mujeres fuertes, valientes y llenas de sueños, es simplemente maravilloso”.

Sandra es la cabeza de su hogar y sus hijas representan su mayor orgullo y la razón por la que nunca se ha rendido, ni ha retrocedido en el intento de encontrar un mejor futuro para ellas.

Lo más retador para esta madre ha sido empezar «desde cero, lejos de la familia, de la tierra, de todo lo que había conocido». Ha sido difícil tener que enfrentar la incertidumbre, el cansancio y esos momentos duros, tratando siempre de mantener una sonrisa para ellas, sus dos hijas.

“Si algo he aprendido es que las madres migrantes tenemos un corazón valiente, porque, aunque el camino se haga difícil, seguimos luchando cada día por darle a nuestros hijos, una vida mejor y un futuro lleno de oportunidades”.

Con un 62% de hogares liderados por mujeres, Venezuela posee una estructura familiar profundamente matricentrada, de padres ausentes y no muy distinta a las realidades de otras naciones latinoamericanas. Pero actualmente, esta dinámica se ha acentuado frente a la migración forzada, que ha incrementado la falta de figuras paternas y ha reforzado el rol de la madre como cabeza de hogar, según datos de 2015 referenciados por expertos.