Categoría: Frontera

  • Mujeres y niñas en el Catatumbo: aumenta violencia de grupos armados y persiste inoperancia estatal

    Mujeres y niñas en el Catatumbo: aumenta violencia de grupos armados y persiste inoperancia estatal

    Entre las mayores violaciones a los derechos humanos está el reclutamiento y utilización de niñas y adolescentes por los actores armados, la trata con fines de explotación sexual de mujeres colombianas y venezolanas, afectadas por el desplazamiento interno y la migración forzada, además de la persecución en contra de lideresas locales

    Por Rosalinda Hernández C.

    Siguen encendidas las alertas sobre las graves violaciones a los derechos humanos contra mujeres y niñas en la subregión del Catatumbo y en localidades receptoras de población desplazada por la guerra, como Cúcuta, en el departamento Norte de Santander, frontera con Venezuela, según advierte un informe del comité de expertas de la OEA que hace seguimiento a la implementación de la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer (Convención de Belém do Pará)

    Tras una visita técnica realizada en febrero a Colombia, la delegación confirmó un «continuum» de violencia agravado por el recrudecimiento del conflicto armado, aunado a la inoperancia o debilitada respuesta institucional.

    El trabajo en terreno se nutrió a partir de los relatos recogidos de 40 mujeres y diversas fuentes oficiales que revelan una crisis humanitaria sin precedentes, además se identificó nuevas dinámicas de violencia en la evolución del conflicto armado: la utilización de tecnologías digitales para la trata y las redes de explotación en plataformas webcam (violencia sexual digital)  como mecanismos de coerción y control social.

    «La instrumentalización de mujeres en funciones forzadas de cuidado de personas heridas, enterramiento de cuerpos o limpieza y servidumbre para estructuras armadas», es otros de los patrones que ha proliferado y que cita el informe.

    La invisibilización y desprotección de las víctimas quedó marcada como una constante en donde el Estado colombiano responde con «herramientas obsoletas» y rutas de atención fracturadas. La debilidad institucional en zonas de control criminal anula la capacidad de investigación, generando una violencia institucional que revictimiza a quienes buscan justicia.

    Entre los perfiles de mayor riesgo, los expertos identificaron cuatro grupos críticos en situación de vulnerabilidad extrema: víctimas de violencia doméstica en zonas de conflicto, mujeres bajo control de grupos armados, lideresas sociales perseguidas y población migrante (principalmente venezolana) expuesta a esclavitud sexual.

    La mayoría de los casos y testimonios que sustentan el informe del comité de expertas de la OEA sobre la tragedia humanitaria que viven niñas y mujeres han sido documentados por la organización Mujer, Denuncia y Muévete (MDyM) que acompaña a víctimas y sobrevivientes en Norte de Santander.

    “Este sistema se sostiene en el clasismo y el sexismo, normalizando que sean, mayoritariamente, mujeres y niñas en situación de vulnerabilidad quienes ponen el cuerpo, mientras que quienes compran -en su mayoría varones con poder económico, social vinculados al crimen organizado y los grupos armados – ejercen una posición de dominio”, denuncia la abogada Alejandra Vera, directora de esta corporación.

    “Nombrar correctamente estas realidades no es un detalle semántico, es una postura política y ética. El lenguaje importa porque visibiliza o encubre la violencia. Decir “trabajo sexual” o “gestación subrogada” sin cuestionar las condiciones materiales puede diluir las dinámicas de poder y ocultar las desigualdades que las sostienen” insiste Vera.

    Exigencias urgentes a Colombia

    Para frenar esta crisis, el comité de la OEA que integra el Mecanismo de Seguimiento de la Convención de Belém do Pará (MESECVI), le exige al Estado colombiano implementar con urgencia una hoja de ruta sustentada con cuatro pilares: Servicios itinerantes, que consiste en desplegar salud y justicia móvil en el territorio y regularizar de inmediato a mujeres migrantes mediante el Permiso por Protección Temporal (PPT).  Paz con Enfoque de Género: garantiza la participación femenina en mesas de diálogo y exigir a grupos armados el cese del reclutamiento y la violencia sexual, con verificación de la Misión de Apoyo al Proceso de Paz en Colombia (MAPP/OEA).

    Pese al panorama desolador, la delegación en su análisis conclusivo, resaltó el compromiso de las duplas de la Defensoría del Pueblo, las secretarías de las mujeres y las mujeres integrantes de la Policía Nacional, quienes operan con recursos limitados y bajo altos riesgos de seguridad para atender a las víctimas en terreno.

    La violencia de género en Colombia

    El 2026 inició con cifras alarmantes en cuanto a la violencia extrema en contra de mujeres, niñas y adolescentes en Colombia, de acuerdo a cifras presentadas recientemente por la Defensoría del Pueblo y la Fiscalía General de la Nación. Solo en enero se reportaron 28 feminicidios consumados, con mayor incidencia en departamentos como Quindío y Santander.

     La violencia intrafamiliar es la categoría con el mayor volumen de víctimas en el país, ensañándose principalmente con las mujeres adultas.  Al inicio de 2026 la situación sigue siendo crítica: sólo durante el mes de enero se reportaron 1.901 casos. En este periodo, las mujeres mayores de 18 años continúan siendo el grupo más afectado con 1.333 registros, seguidas por 197 casos en menores de edad.  Cabe anotar que existe un subregistro preocupante de 371 casos donde no se logró determinar la edad de la victima.

    La libertad e integridad sexual en Colombia revela una realidad desgarradora: la niñez y la adolescencia son el blanco principal de agresiones, representando sistemáticamente más del 50% de los casos totales reportados ante las autoridades.

    El resumen de 2025 consolidó una cifra desoladora: de casi 16 mil delitos sexuales contra mujeres,  8.644 víctimas fueron niñas y adolescentes. Esta tendencia de extrema vulnerabilidad infantil se mantiene en el arranque de 2026; solo en el mes de enero, de los 963 casos registrados, 453 correspondieron a menores de edad, evidenciando que el entorno sigue siendo hostil para el desarrollo seguro de las niñas en el país.

    Explotación sexual imparable

    Una de las formas más crueles de violencia es la representada por la explotación sexual, el registro de 2025 cerró con 151 casos específicamente en niñas y adolescentes. Al corte del 31 de enero de 2026, ya se han reportado 5 nuevos casos.

    En cuanto a la trata de personas, se mantiene como una de las violaciones más graves a los derechos humanos en el país, con una incidencia que se concentra estratégicamente en zonas de frontera, regiones insulares y las principales capitales. Este delito, que explota la vulnerabilidad socioeconómica de las mujeres, cerró el año 2025 con un total de 193 víctimas reportadas.

    Al inicio de 2026, la tendencia persiste con 6 mujeres víctimas registradas solo durante el mes de enero. De estas, la mayoría son mayores de 18 años, aunque se reportan 2 casos en niñas y adolescentes, evidenciando que las redes de tratantes no discriminan rangos de edad en sus procesos de captación.

    Al evaluar el impacto por cada 100.000 habitantes, el reporte de la Defensoría del Pueblo y la Fiscalía General de la Nación identifica tres focos críticos de prevalencia:

    Norte de Santander: Por su condición fronteriza, es un punto neurálgico donde las redes de trata aprovechan los flujos migratorios.

    San Andrés, Providencia y Santa Catalina (SAI): Su ubicación geográfica la hace vulnerable a la trata con fines de explotación en el contexto turístico.

    Bogotá: Como principal centro urbano, actúa tanto de nodo de captación como de destino.

    Durante el primer mes de 2026, departamentos como Arauca (0,72) y nuevamente Norte de Santander (0,12), junto a la capital del país, lideran las tasas de registro, lo que confirma la necesidad de fortalecer la vigilancia en los corredores viales y puntos de control migratorio.

    Grupos armados aumentan el control sobre las mujeres

    El informe anual de la ONU Derechos Humanos revela una perspectiva alarmante: más allá del conflicto, las estructuras armadas están ejerciendo un control sistemático sobre la autonomía reproductiva y la salud de las comunidades, una vez que se mantienen patrones de violación sexual, explotación y embarazos forzados como mecanismos de control.

    Otra grave vulneración  ejercida por los grupos armados es el control sanitario coercitivo, al restringir el uso de anticonceptivos, monitoreo de pruebas de ITS y el bloqueo a servicios básicos de salud.

    Las mujeres indígenas, afrodescendientes y migrantes son las principales víctimas siguen siendo poblaciones en alto riesgo al enfrentar daños físicos y psicológicos profundos en zonas de «silencio epidemiológico».

    Ante este desgarrador escenario, el informe concluye que la ausencia del Estado y el cierre de centros de salud en zonas críticas han permitido que estos grupos dicten las normas sobre la vida y la integridad de las mujeres, agravando una crisis humanitaria que requiere atención urgente.


  • OIM presenta un nuevo mapa de servicios de protección para población migrante

    OIM presenta un nuevo mapa de servicios de protección para población migrante

    La herramienta, desarrollada junto a instituciones locales, reúne ubicaciones y contactos de servicios públicos gratuitos en la frontera con Colombia. Este primer mapa de su tipo busca facilitar el acceso a asistencia y fortalecer la respuesta institucional en el marco de la estrategia nacional de prevención de la violencia.

    Por Rosalinda Hernández

    Táchira, Venezuela. Durante una visita oficial al estado Táchira, frontera con Colombia, la Jefa de Misión de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) en Venezuela, Lia Poggio, encabezó la presentación de una nueva herramienta destinada a fortalecer el acceso a servicios de protección para la población migrante y comunidades locales. La actividad se realizó en el marco de la conmemoración de los 20 años de presencia de la OIM en la entidad.

    La iniciativa es el resultado de un esfuerzo conjunto entre la OIM, el Instituto Autónomo Consejo Nacional de Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes (IDENNA), la Fundación de la Familia Tachirense, el Comité Internacional para el Desarrollo de los Pueblos (CISP) y otros actores clave del estado. Su objetivo central es facilitar el acceso a información confiable y actualizada sobre servicios públicos gratuitos, con especial énfasis en la protección de niños, niñas y adolescentes, y en la respuesta a la violencia basada en género.

    Guía para migrantes y retornados

    Previo a este lanzamiento, la OIM había realizado un mapeo general de servicios disponibles para personas migrantes en el estado. El nuevo producto va un paso más allá: se trata de un mapa detallado, con direcciones y ubicaciones exactas de instituciones y organismos que brindan atención en áreas críticas de protección.

    El mapa está disponible inicialmente para los municipios San Cristóbal, Ureña y San Antonio, (frontera con Colombia) zonas clave por su dinámica migratoria. Su finalidad es que las personas que salen del país o regresan puedan identificar fácilmente dónde solicitar asistencia.

    Entre los servicios incluidos se encuentran:
    • Programas de prevención de la violencia.
    • Atención a sobrevivientes de violencia basada en género.
    • Asistencia a víctimas de trata de personas.
    • Contactos de órganos receptores de denuncias.
    • Información sobre la Defensoría Pública, el Tribunal de Violencia contra la Mujer y el Ministerio Público.
    • Servicios especializados para la protección de niños, niñas y adolescentes, incluyendo el Consejo de Protección y las instituciones que brindan atención diferenciada.

    El material está publicado en la página web del municipio y distribuido en formato impreso para facilitar su consulta por parte de la ciudadanía.

    Un mapa único para Táchira

    Alex Rigol, jefe de la suboficina de la OIM para Táchira y Apure, destacó que este es el primer mapa de servicios de protección de su tipo en el estado. Explicó que la herramienta busca visibilizar servicios públicos gratuitos que muchas veces la población desconoce, presentándolos de forma visual, gráfica y de fácil comprensión.

    El mapa fue validado y desarrollado en coordinación con autoridades locales y forma parte de un esfuerzo liderado por el CISP, la OIM y con la participación de organizaciones locales, nacionales e internacionales. El Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) también acompaña esta iniciativa, destacó Rigol.

    Aunque no existen mapas idénticos a nivel nacional, este proyecto se suma a otros esfuerzos para visibilizar servicios de protección y podría replicarse en otras regiones del país. La iniciativa se enmarca en la estrategia nacional de Naciones Unidas para la prevención y respuesta a la violencia.

    Aquí puedes descargar el mapa de servicios: https://alcaldiasancristobal.gob.ve/mapa_servicios.php

  • Migrantes Venezolanas varadas en frontera son más vulnerables a explotación sexual

    Migrantes Venezolanas varadas en frontera son más vulnerables a explotación sexual

    Querían huir de Venezuela, pero no lo lograron. Querían encontrar un trabajo digno pero la mayoría de las ofertas laborales que encuentran en la frontera con Colombia las acercan a la explotación sexual. Están atrapadas en las violencias que sufren quienes sobreviven en los rancheríos instalados en la ribera del río Táchira

    Por Rosalinda Hernández / Ilustración: Ernesto Cáceres

    Son las 2:00 de la madrugada y Alvence (*) se prepara para comenzar su jornada laboral. Debe apurarse con la preparación de las arepas y el café porque pronto llegarán a la zona sus clientes: cientos de personas de Venezuela que huyen del país; que lo siguen haciendo a pesar de todos los peligros, los conocidos y los desconocidos, que puedan encontrar en el camino.

    Pero a Alvence le cuesta concentrarse, no logró conciliar el sueño durante las pocas horas que tuvo para dormir. La madrugada ha estado “muy movida”, ha habido más “ruido” de lo normal en la casa de vecindad donde vive alquilada.

    “Ahí, mientras preparaba el café, oía los gritos y gemidos de la gente teniendo sexo. Eventualmente oía los escándalos que formaban los borrachos y alguna que otra pelea salía de los cuartuchos de paredes desteñidas con baños compartidos. Es que buena parte de las muchachas que viven allí son de mala vida”, recuerda la mujer y agrega que con esodebía lidiar a diario.

    “Un día se me acercó un hombre casi desnudo que salió del cuarto de una de las mujeres y me propuso que me uniera a ellos para hacer un trío. Ellos estaban en el acto sexual y empezó a decirme desastres… Ese día dije: Dios mío ¿qué hago yo aquí?”, prosigue la mujer de 47 años de edad.

    El 4 de octubre de 2017, Alvence y su hija de 19 años de edad llegaron a San Antonio del Táchira, la principal vía de escape de personas venezolanas que buscan un mayor bienestar en otros países, el que les está negado en el suyo. Procedían de Valencia, estado Carabobo. Ambas son migrantes internas y no están incluidas en los registros cuantitativos del éxodo masivo internacional, que supera los 7,7 millones de personas, según la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur).

    En todo caso, Alvence y su hija también son personas que han huido de las calamidades en los lugares donde viven; son personas que merecen protección.

    El destino de Alvence era Ecuador, donde la esperaba una prima que le ofreció trabajo en peluquería.Su estadía en la frontera venezolana sería breve, un mes era lo previsto. Un hijo la esperaba en San Antonio para ayudarla a completar el periplo. Le habían dicho que en la frontera hacer dinero era muy fácil.

    “Era la ciudad de las oportunidades. Nos dijeron que aquí hasta por reírse usted ganaba plata”.

    Cuenta cómo vivía (o sobrevivía) en Valencia: “Me deprimía mucho y me puse flaquita como una aguja. Llegó un momento en que solo comía arepa de masa de maíz pelado, arroz picado o yuca sancochada en la mañana, al mediodía y en la noche. No había ni un pedacito de queso. El café lo tenía que recolar por varios días. Llegó un momento en el que me quería morir. Además, el papá de mis hijos, un militar, se fue y nos abandonó”. Alvence no puede contener el llanto y se seca los ojos con las manos tostadas por el sol de la frontera.

    “No tenía champú, no había desodorante ni papel higiénico. Cuando me llegaba el período eso era un desastre; me irritaba y muchas veces me tocó usar trapos. Quería cambiar mi situación, pero al llegar aquí a San Antonio, nos estrellamos con la realidad. Nada era como nos lo pintaron”.

    En efecto, en San Antonio la situación de Alvence no mejoró. Tuvo que separarse de su hijo y se vio obligada a vivir en esa casa de vecindad ocupada por mujeres “de la mala vida”. Así se refiere a las migrantes venezolanas varadas en la frontera con Colombia que son víctimas de explotación sexual.

    “¿Café y algo más?”

    Una madrugada, mientras Alvence vendía café, un hombre la persiguió por las calles adyacentes a la avenida Venezuela de San Antonio. “Vi que me seguía desde muchas cuadras antes. Yo me detuve en el parque. El joven se me acercó y pidió un café, se lo serví y me pagó sin novedad. De pronto se me acercó y me dijo: “necesito saber cuánto cobras para que salgas conmigo”. Le dije: te equivocas, yo vendo café. Tú eres un muchacho y yo soy una mujer adulta y aparte de eso, yo no estilo hacer esas cosas”.

    El muchacho tendría unos 22 años, recordó Alvance: “Era insistente en que tenía que salir con él. Me decía ‘piénsalo’ y me anotó el número de teléfono en un papelito. Antes de irse, me volvió a decir “piénsalo”. Le dije que no tenía nada que pensar. Era muy insistente y, finalmente, entendí por qué se había fijado en mí: ‘yo la he visto saliendo de la pensión del barrio Miranda, usted vive ahí y todas las mujeres de esa residencia lo hacen, ¿por qué usted no lo va a hacer?’”.

    Alvence se mudó a otro lugar. Sin embargo, con la mudanza no se resolvió el problema: “Parece que uno lo cargara en la frente -dice con sentida indignación- pues donde me paraba o sentaba para vender el café, se me acercaba algún tipo y decía: ‘¿café y algo más?’ o ‘¿cuánto cobras? Más de una vez me tocó mandarlos a la mierda”.

    La explotación sexual acecha a las migrantes venezolanas varadas en la frontera. Están en una situación de vulnerabilidad extrema, al punto de que a veces no tienen qué comer y el intercambio de sexo por comida es una posibilidad que está latente. Para algunas de ellas, ejercer el “sexo por supervivencia” representa una tentación. En la mayoría de los casos, no se trata de un trabajo sexual voluntario sino forzoso; es decir, determinado por las circunstancias tan apremiantes en que ellas sobreviven.

    La población femenina migrante se ha visto fuertemente afectada por su cosificación como objeto sexual. El 32,7% de las personas que ejercen el trabajo sexual en Colombia son extranjeras y casi todas son provenientes de Venezuela, según datos de la Secretaría de la Mujer por intermedio del Observatorio de Mujeres y Equidad de Género.

    Alvence salió despavorida huyendo de la casa de vecindad que funcionaba como un prostíbulo y consiguió alquilar un espacio en la comunidad de “Mi Pequeña Barinas”, ubicada al margen del río Táchira, que marca la frontera entre Venezuela y Colombia.

    En esa zona están otros dos rancheríos: “Che Guevara” y “Ezequiel Zamora”. Los tres se edificaron a principios del 2004, con la llegada de personas colombianas a San Antonio, muchas de las cuales escapaban de la violencia en su país y tomaron al pie de la letra la orden dictada por el expresidente Hugo Chávez: “intervenir” todo terreno, público o privado, urbano o rural que se encontrara ocioso.

    Once años después, específicamente la noche del 19 de agosto de 2015, en la zona se ejecutó una Operación Liberación del Pueblo (OLP): aproximadamente 1.500 militares irrumpieron en los rancheríos para desalojar a sus habitantes y despejar el área; todo ello en el contexto del cierre de la frontera con Colombia dispuesto por el presidente Nicolás Maduro.

    Aquello quedó, literalmente, como tierra arrasada. Sin embargo, con la misma anarquía que signó el nacimiento de Mi Pequeña Barinas, Ché Guevara y Ezequiel Zamora, a partir de 2017 los terrenos fueron invadidos de nuevo.

    Ahora, estos tres rancheríos están ocupados por personas desplazadas, pero no de Colombia sino de Venezuela, que se han movilizado hacia la frontera con Colombia desde distintas regiones de Venezuela, pero que quedaron varadas en la frontera en su intento de escapar de la emergencia humanitaria compleja que se ha profundizado en el país.

    Son personas que ahora están expuestas a otras dinámicas de violencia, tan o más peligrosas que las que afrontaban en sus lugares de origen.

    La precariedad que las hace más vulnerables

    Alvence intentó deslastrarse del estigma: “quería que todos los hombres dejaran de verme con ganas”. Por eso montó una venta informal de cambures (bananos, en Venezuela) cerca del mercado municipal y eventualmente hacía limpieza de casas.

    En “Mi Pequeña Barinas” conoció a otras desplazadas internas en similares condiciones que ella. Fueron tejiendo una red de apoyo que les servía para encontrar empleos, comprar comida más barata o compartir un cable con conexión eléctrica para alumbrarse en las noches.

    “Una vez me llamaron para limpiar una casa. Acordamos hacer la entrevista en La Parada, (el corregimiento colombiano ubicado a 200 metros del Puente Internacional Simón Bolívar). Fui confiada y cuando llegué al lugar me esperaba un hombre en una moto. Ese hombre, empezó a hacerme preguntas que no tenían que ver con limpiar casas. Yo me hacía la loca y le iba explicando qué oficios sabía hacer. De pronto, sacó un celular y me comenzó a tomar fotos, incluso me decía que me volteara y cosas así. Me cubrí la cara y le dije que no podía hacerme fotos sin mi permiso. Pero él no me hacía caso. Entonces di media vuelta e intenté irme. De pronto, ese hombre me tomó muy fuerte por el brazo y después por el cuello y me obligó a subir a la moto. Yo empecé a meter gritos y la gente empezó a llegar. Él me decía ‘cállese, no grite que no le voy a hacer nada’. Cuando vio que la gente venía a socorrerme, el tipo me soltó, prendió la moto muy rápido y se fue, pero su intención era raptarme”.

    Adriangela Álvarez, Gerente de Investigaciones de FundaRedes, señala que las personas venezolanas que emigran se enfrentan a peligros en la frontera colombo-venezolana debido a la presencia de grupos armados ilegales. Los riesgos incluyen diversas formas contemporáneas de esclavitud: trata de personas, explotación sexual y extorsión.

    Por su parte, la directora de la Asociación Venezolana para una Educación Sexual Alternativa, (AVESA), Maddymar León, explica que la precariedad en que viven las migrantes las ubica en una situación de mayor vulnerabilidad.

    León sostiene que las causas estructurales de este tipo de violencias contra la mujer corresponden a una cultura patriarcal y machista que permite a los hombres comprar el cuerpo de las mujeres para satisfacerse sexualmente. Considera necesaria la transformación cultural mediante la prevención (con énfasis en la educación) y la sanción de los atropellos, todo ello articulado en políticas públicas integrales.

    Siete años después de estar encallada en la frontera, Alvence lamenta que no ha podido lograr nada de lo que se planteó al migrar desde Valencia.

    “Trabajo y trabajo y lo que agarro solo me alcanza para comer y pagar deudas. No he logrado mis objetivos… Aquí me estanqué, son siete años perdidos y no sé qué hacer, estoy desesperada y no encuentro salida”.

    Ofertas de empleo que encubren la trata

    La historia de Alvence, es similar a la de Marisol (*), una mujer que llegó desde el estado Guárico hasta San Antonio del Táchira con la esperanza de un futuro mejor. Ha trabajado de carruchera (transportando mercancías en carretillas de un lado al otro de la frontera), vendiendo agua y helados en el puente internacional Simón Bolívar, en La Parada y en la avenida Venezuela, zonas donde se concentra la migración hacia Colombia.

    Tenía que recorrer las calles durante más de 10 horas con una cava a cuestas. Pero lo que más le pesaba eran los piropos vulgares y las grotescas insinuaciones de los hombres que se le acercaban.

    Esta guariqueña de 30 años de edad, que migró a San Antonio con sus dos hijos de ocho y 10 años, intentó apuntarse a un trabajo “formal”, donde estuviera más segura, lo más alejada posible del acecho sexual que se encontraba dondequiera:

    “A mí me ha tocado pasar noches sindormir, esperandola una, dos y tres de la mañana para vender los termos de café. Eso fue lo que hice cuando llegué. A la una de la mañana me instalaba en el Centro Cívico o en el mercado municipal, pero el acoso de los tipos es bárbaro”.

    En febrero de 2024 se enteró de una oferta laboral en un restaurante de comida china. No lo pensó dos veces; salió con su hoja de vida en una carpeta y la entregó. Dos días después recibió una llamada telefónica para acordar la entrevista que le dejó una amarga experiencia.

    “No más entrando, me trataron mal, me miraron de pies a cabeza como revisando algo en mi cuerpo. Me dieron un montón de indicaciones y la advertencia que si no las acataba estaba botada. Yo tenía experiencia como mesera, así que me aguanté el regaño por la necesidad. Finalmente, me dijeron que servía para la cocina, pero no para atención al público porque estaba muy vieja. Lo curioso es que unas muchachas que también aplicaron para el trabajo, una de 22 años y la otra de 25, sí fueron contratadas. La diferencia la marcó “la ropa cortica y pegadita” que usaban esas dos muchachas, asegura Marisol.

    Un estudio realizado como parte del proyecto Prevención y Respuesta a la Violencia Basada en Género en contextos fronterizos, documentó la incidencia de casos de trata en las poblaciones de la frontera con Colombia. Mujeres, adolescentes y hasta niñas son atraídas por ofertas de empleo engañosas que generalmente están relacionadas con el modelaje o la venta al público de algún producto. Algunas quedan atrapadas en las redes de trata.

    La conversación con Marisol transcurre en un parque público cercano a Mi Pequeña Barinas. “A mi casa no puedes venir, pues aquí vive mucha gente de esa…”, comenta en referencia a supuestos grupos armados que estarían ocupando la zona.

    Con una frustración que la apena, Marisol afirma que sus aspiraciones “cayeron al piso” y que antes de llegar a San Antonio su situación era mala, pero ahora es peor:

    “Yo tenía un carrito, también una moto… Vivíamos más o menos, pero fuimos vendiendo todo hasta que quedamos solo con el carro, que después lo vendí para comprar el rancho en la invasión”.

    Actualmente, Marisol trabaja en peluquería y persiste en reunir algo de dinero para emprender viaje a Estados Unidos.

    La ex presidente del Instituto Tachirense de la Mujer (Intamujer) y actual Directora General de la Fundación Proideas, Beatriz Mora, señaló que muchas mujeres han sido víctimas de redes de trata. Son captadas mediante ofertas de trabajo fraudulentas que circulan por redes sociales. Al llegar a la frontera las despojan de sus documentos de identificación y, finalmente, son esclavizadas y explotadas sexualmente.

    Recordó el caso de una adolescente (15 años) rescatada en el terminal terrestre de San Cristóbal, que inexplicablemente atravesó no sé cuántos puestos de control policial y militar desde Caracas hasta la capital del Táchira y en ninguno le pidieron identificación.

    En Táchira se han develado redes de trata que involucran a miembros de la Policía Nacional Bolivariana (PNB).

    “Hace pocos días el gobernador Bernal denunciaba, nuevamente, la captura de personas involucradas en la trata de mujeres en la región”.

    Beatriz Mora.

    Resignada y sin fuerzas

    Un hombre -del que no quiso hablar ni dar detalles- convenció a María (*) para que viajara a San Antonio del Táchira. En su casa le dio albergue a ella y a sus dos hijas menores de edad.

    “Él me dijo que me iba ayudar y me preguntó qué me gustaba hacer. Como lo que me gustaba era la cocina, entonces empecé a vender empanadas cerca del cementerio todos los días a partir de las dos de la mañana”. María, como Alvence y Marisol, aprovechaba el tránsito de migrantes desde Venezuela con rumbo a Colombia.

    Las propuestas sexuales no cesaban, dice la mujer de 40 años de edad y oriunda del estado Yaracuy:

    “Unos me hacían insinuaciones y otros sí me lo pedían de frente e insistían, pero yo nunca he caído en eso. Del lado de Colombia, en la Parada, eso es muy común entre las chicas recién llegadas; ellas cobran por hacer cosas de esas”.

    María*, 40 años

    En el informe Reinventarse sobre la marcha: Mujeres refugiadas y migrantes de Venezuela Un estudio de sus condiciones y accesos a medios de vida en Colombia, Ecuador y Perú, se indica que el acoso sexual en la calle y en los lugares de trabajo constituye un gran obstáculo para que las mujeres venezolanas accedan a medios de vida. Este tipo de violencia limita sus opciones laborales y allanan el camino hacia la explotación sexual.

    En agosto de 2014, María llegó a la frontera con Colombia; como Alvence y Marisol, “movida por la necesidad”. Su propósito era trabajar, ahorrar y continuar el viaje hasta Bucaramanga. Pero transcurridos casi diez años no ha conseguido un empleo digno y estable que le permita alcanzar la meta.

    Dice que vive de la generosidad de vecinos y conocidos. No tiene una casa propia y habita un espacio que no se podría llamar hogar en el rancherío “Mi Pequeña Barinas”. Diariamente debe pagar 5.000 pesos colombianos, equivalentes a 1,35 dólares, por un cuarto de unos tres por dos metros cuadrados, construido con lonas verdes y láminas de zinc; el piso es de tierra y no tiene suministro corriente de agua potable.

    A diferencia de Alvence y Marisol, María se siente triste y sin fuerzas para avanzar en su tránsito migratorio. Para ella el retorno a su pueblo en Yaracuy no es una opción: “La situación allá es peor”. Está resignada a seguir varada en la frontera.

    (*) Los nombres de las protagonistas de esta historia se mantienen en resguardo. Se usaron nombres ficticios por razones de seguridad, a petición de las propias afectadas.

    Créditos:

    Documentación y redacción: Rosalinda Hernández/ Ilustración: Ernesto Cáceres/ Acompañamiento editorial: Edgar López.

    Esta historia fue publicada originalmente en una alianza de medios venezolanos (La Nación, El Estimulo, Tal Cual) en marzo de 2024.

  • Denuncian abandono institucional a migrantes víctimas de explotación sexual en frontera colombo-venezolana

    Denuncian abandono institucional a migrantes víctimas de explotación sexual en frontera colombo-venezolana

    La Fundación Empodérame, que desde 2017 registra y acompaña casos de trata de personas con fines de explotación sexual en la región fronteriza entre Colombia y Venezuela, particularmente en las zona de La Parada, Villa del Rosario y Cúcuta, donde e los patrones que han documentado evidencian “una red sistemática de explotación contra mujeres, adolescentes y niñas migrantes” quienes enfrentan condiciones de vulnerabilidad extrema ante la ausencia de respuestas efectivas desde el Estado colombiano, según un análisis reciente de esta oenegé.

    “Nosotras no estamos hablando de casos aislados. Esta es una estructura criminal sostenida por la impunidad, por la demanda sexual y por la falta de acción del Estado. Lo que ocurre en la frontera es una emergencia humanitaria y feminista”, ha declarado Claudia Quintero, psicóloga y directora de la fundación.

    Tácticas de las redes de trata se adaptan

    Desde la organización advierten que las redes de explotación sexual emplean tácticas y formas cada vez más avanzadas para captar a sus víctimas, lo cual no siempre se da por vías violentas o explícitas, como por ejemplo el uso cada vez más extendido de redes sociales.

    Los “grupos de WhatsApp, mensajes privados en Instagram o TikTok funcionan como herramientas para enganchar a mujeres y niñas, especialmente aquellas sin redes de apoyo ni documentación migratoria”, explica Quintero, quien también insiste con preocupación sobre otras plataformas que han alcanzado una masificación preocupante para captar a niñas, adolescentes y mujeres son “escenarios aparentemente legales como el «modelaje webcam», el comercio sexual en zonas turísticas, o incluso la mendicidad forzada con niñas.

    La falta de regularización migratoria expone más a las victimas

    El primer eslabón que sirve de puerta de entrada a la explotación es la ausencia de vías de regularización migratorias accesibles para la población de origen venezolano que huye de una emergencia humanitaria y con elevaos niveles de vulnerabilidad. Con el Permiso por Protección Temporal (PPT) cerrado actualmente para los migrantes (a excepción de los menores de edad) o sin una visa de tipo humanitario “muchas mujeres se ven forzadas a aceptar cualquier forma de «trabajo» para sobrevivir. Las opciones reales de protección estatal son nulas”, advierten de la organización.

    Otros de los muchos agravantes de la actual situación lo constituyen, por ejemplo, la no existencia refugios especializados, ni programas de vivienda a largo plazo para víctimas de trata, según se desprende de una respuesta y reconocimiento del propio ministerio del Interior de Colombia, tras un derecho de petición radicado por la Fundación en 2024.

    Medidas urgentes

    La Fundación alerta sigue identificando una alta demanda sexual masculina en la zona la cual es naturalizada. Aseguran que integrantes de la fuerza policial, empresarios, transportadores y hombres locales frecuentan zonas de explotación sin acarrear consecuencias legales, pero en la que se sigue criminalizando a las mujeres, en su mayoría empobrecidas. En tal sentido la fundación insiste en la adopción del modelo nórdico, que sanciona la demanda y no a las personas prostituidas. “Sin compradores, no hay trata. Sin demanda, no hay explotación. Necesitamos una justicia que mire a los verdaderos responsables”, afirma Claudia Quintero.

    Frente al grave contexto que viven mujeres locales y migrantes, la Fundación Empodérame ha planteado una hoja de ruta de aplicación urgente, contenida de siete propuestas: la creación de refugios especializados en zonas de frontera. programas de autonomía económica, documentación y acompañamiento psicosocial; sanciones efectivas contra los proxenetas y compradores, formación especializada en trata para funcionarios (fiscales, policías y migratorios) y la participación de sobrevivientes en la formulación de políticas públicas.

  • Mujeres que salvan mujeres: al auxilio de víctimas de explotación sexual entre Venezuela y Colombia

    Mujeres que salvan mujeres: al auxilio de víctimas de explotación sexual entre Venezuela y Colombia

    La violencia contra mujeres víctimas de trata, explotación sexual y prostitución es equiparable al trastorno de estrés postraumático que sufren los veteranos de guerra.  En Colombia, tan solo en lo que va de 2025, han sido  reportadas casi un centenar de mujeres víctimas de violencia sexual, en medio del recrudecimiento del conflicto armado en el Catatumbo, de las cuales el 65% de ellas son venezolanas.  Frente a esta cruda realidad, una red de mujeres lucha por auxiliar a las víctimas, desafiando grandes peligros para rescatarlas

    Por Paula Andrea Jiménez y Rosalinda Hernández

    Ilustraciones: Ernesto Cáceres 

    ¿Quién dijo que a todas las pueden salvar? Muchas veces son devueltas en urnas al otro lado de la frontera o las entierran en suelo colombiano en la más absoluta soledad, con sus deudos a cientos de kilómetros resignados o viendo su funeral por una videollamada.  Hay otras que simplemente siguen desaparecidas. 

    A algunas les roban sus niños o los separan institucionalmente de ellas, les quitan sus documentos y son confinadas mientras son explotadas sexualmente día tras día, noche tras noche. Otras son esclavizadas y entregadas a grupos armados en la guerra sin fin, en la Colombia profunda, o traficadas a otros países.

    La muerte lenta les llega por VIH u otras infecciones de trasmisión sexual (ITS). Las inducen al consumo de sustancias psicoactivas, como alcohol u otras drogas, adicciones que las sumen en una destructiva vorágine. Un escaso número se reconoce como víctima, pocas se atreven a denunciar, mientras que los ínfimos casos retratados en los medios tradicionales ven luz bajo un enfoque revictimizante para saciar los clics. 

    La mayoría será parte del subregistro y de la negación y abandono de su Estado de origen, del Estado a donde migraron forzosamente o por donde pasan en tránsito. Las niñas, adolescentes y mujeres migrantes explotadas sexualmente o sometidas a contextos de prostitución llevan las de perder en todo momento. 

    Pero algo tienen todas en común: siempre hay alguien lucrándose una y otra vez de la venta de sus cuerpos a otros hombres que las demandan como una mercancía más. Mientras exista la demanda, la trata no cesará. 

    En este panorama, la voz de mujeres que trabajan en condiciones elevadas de riesgo y condiciones adversas para auxiliar y rescatar a víctimas y sobrevivientes se hace vital en el camino de sanar y superar las múltiples violencias que no cesan en medio del contexto migratorio.  

    De víctimas a defensoras: un viaje de sanación y activismo

    La lucha que libra la abogada Alejandra Vera contra las mafias proxenetas en la frontera colombo-venezolana hace quizá parte de su proceso de transformación: del dolor a la dignidad. Desde niña sufrió el desplazamiento forzado por el conflicto armado colombiano, la violencia brutal de su progenitor y luego ser vendida a una familia venezolana. Ha denunciado con fuerza las múltiples violencias que padecen las mujeres en la zona, que van desde cruentos asesinatos hasta el robo de sus hijos.

    Es precisamente en Cúcuta, ciudad fronteriza con Venezuela y puerta de entrada de migrantes forzados, el nódulo donde confluyen múltiples actores, que van desde grupos armados, redes de trata y bandas criminales, además de la proliferación de los estudios webcam (recintos destinados a generar contenido pornográfico a costa de la explotación sexual y laboral de niñas y mujeres) donde el trabajo de lideresas como Alejandra Vera, directora de la Corporación Mujer Denuncia y Muévete, cobra una labor vital, pero de altísimo riesgo.

    Alejandra relató que en 2024 fue perfilada y expuesta por funcionarios de la alcaldía de Cúcuta y la Policía de Turismo ante los dueños de prostíbulos y proxenetas, después de haber revelado la crisis sanitaria que afectaba a cientos de mujeres víctimas de trata y prostitución.

    En su organización, más de 12,000 mujeres migrantes han sido atendidas en los últimos tres años, muchas de ellas embarazadas y víctimas de trata desde niñas. “La violencia sexual y la explotación están normalizadas en algunas comunidades, donde incluso los cuidadores participan en estos abusos”. 

    Justo en torno a los derechos sexuales de las mujeres y a una vida libre de violencia, el debate entre los modelos para abordar la prostitución se mantiene abierto en Colombia, entre dos visiones: el regulacionismo, que pide su reconocimiento jurídico, la considera un trabajo, exige beneficios laborales, rechaza el punitivismo sobre quienes la ejercen y asegura que éstas lo hacen de manera “voluntaria” (agencia propia).  

    Por otro lado, el abolicionismo de la prostitución asegura que esta ni es sexo, ni trabajo: es violencia sexual y machista, donde las mujeres son consideradas una mercancía u objeto de consumo al servicio de los hombres. En sus ejes está ofrecer una salida, protección a las víctimas y sobrevivientes (atención psicológica, jurídica, sanitaria y laboral), nunca criminalizarlas,  perseguir al proxenetismo y sancionar la demanda.

    Aunque en Colombia, la prostitución no está prohibida como tal y el debate se vuelve complejo, Vera insiste que se trata de una forma de explotación. Entre 2018 y 2024, la oenegé que lidera identificó a unas 5,000 mujeres en contextos de explotación sexual y víctimas de trata, la mayoría migrantes venezolanas.

    En 2023, la organización que Alejandra dirige registró oficialmente cinco mujeres asesinadas en contextos de explotación sexual. La activista detalló que las mujeres son encontradas en costales en los canales u otras son llevadas a la zona del Catatumbo, región de Colombia en la que históricamente han accionado las guerrillas del ELN, las FARC, el EPL y los grupos paramilitares, “a través de formas inimaginables de la violencia, y que han dejado a su paso más de 130,600 víctimas”, como reseña el portal Rutas del Conflicto

    Es muy duro oírlas llorar, cómo describen la violencia sexual a las que son sometidas, que desean salir de allí o cuando confiesan que han intentado quitarse la vida. Pero también es muy doloroso cuando terminan asesinadas, contactar a sus familias y repatriar sus cuerpos”, denuncia Vera.

    Traspasar el dolor para servir

    Una pistola en la cabeza cambió la dirección de una vida marcada por la explotación sexual a la que Kate estaba sometida desde que cruzó a Colombia. Fue el punto de giro en el tránsito de víctima a transformarse en un instrumento de auxilio y sanación en las historias de otras. 

    Un hombre me amenazó, me quería matar y tuve que salir desnuda corriendo a pedir ayuda. Ese día pensé, ¿quién cuidaría de mi hija si algo me pasa? Eso fue lo que me llevó a decidir que era hora de cambiar”, recuerda esta mujer venezolana de 31 años, aún con dolor, mientras une los retazos del suceso que la llevó a convertirse en defensora de los derechos de mujeres migrantes y colombianas retornadas, desde Cúcuta, Norte de Santander, frontera con Venezuela. 

    Retrocede y recuerda el viaje emprendido en 2016, cuando llegó desde el estado Lara (a casi 370 km de Caracas) con su hija de 4 años, con la intención de trabajar y enviar dinero para el tratamiento médico de su padre enfermo. 

    La promesa de trabajo de una “amiga” la llevó a un lugar donde se ejercía la prostitución y durante dos meses estuvo inmersa en un ambiente de drogas, violencia y explotación, sometida por un proxeneta que le exigía pagos diarios a cambio de protección.

    Cruzar esa dolorosa línea para Kate fue posible gracias al apoyo que recibió de varias organizaciones, entre ellas la Corporación Feminista Mujer Denuncia y Muévete.

    No ha sido fácil el camino, pero el balance hoy en día lo considera positivo. Regresó a los burdeles, pero para extender su mano a otras.

    Todo fue cambiando cuando comencé a trabajar con una organización internacional. Ellos me dieron tarjetas canjeables por mercados y kits de higiene, lo que fue una bendición en ese momento”. 

    Meses después, la misma organización lanzó un proyecto destinado a ayudar a mujeres  y gracias a su experiencia Kate fue seleccionada para unirse a esta iniciativa. Así, comenzó a enseñar a otras mujeres a reconocerse a sí mismas, a pesar de la violencia y el sometimiento que enfrentan, como rigurosos encierros, crueles golpizas y amenazas de muerte.

    El proceso de auxiliar a otras también ha implicado poner su vida en riesgo. Durante la activación de una ruta de denuncias, alguien alertó a bandas delictivas que operan en el parque Mercedes Ábrego de Cúcuta (zona de impacto) y hoy Kate enfrenta amenazas por su trabajo como defensora de los derechos de muchas mujeres.

    El año pasado, acompañé a una niña venezolana que fue golpeada por un proxeneta al negarse a vender drogas. Hicimos la denuncia ante la fiscalía y un año después no ha pasado nada. La persona denunciada fue alertada de lo que estábamos haciendo”.

    La niña tuvo que regresar a Venezuela debido a amenazas de muerte. No recibió protección de ninguna institución en Colombia. “Esta situación es común cuando se activan las rutas para víctimas de trata, convirtiéndose en un proceso lento en el que muchas mujeres han sido asesinadas”.

    Kate conoce bien el pantanoso terreno que pisa y describe cómo las bandas criminales demuestran su control del territorio en los asentamientos de migrantes donde, junto a los proxenetas, imponen un férreo control sobre sus vidas. “Una vez que alcanzan la pubertad, entre los 13 y 14 años le advierten bajo amenaza de muerte que no deben perder su virginidad sin su permiso, porque las consideran de su propiedad. Las marcan como reses, con tatuajes con los que las identifican como de su propiedad”.

    Si una niña intenta escapar o su familia protegerla, no les queda otra salida que huir. Kate, insiste en las fallas de las rutas de protección para las víctimas de trata.  “Existen casas de refugio para ellas y sus hijos, pero el tiempo de estancia es limitado y luego deben abandonar el refugio. Incluso, a veces la información sobre su caso se filtra, llega al victimario y agrava el escenario”.

    Kate ha sido una voz activa para las mujeres migrantes víctimas de trata y sobrevivientes de violencia sexual en numerosos eventos en Colombia. Ha presentado peticiones de protección a diversas entidades estatales, cuestionando la atención y protección brindada a las víctimas, así como la gestión en procesos de regularización migratoria.

    El discurso de la dignidad: sobrevivir para contarla 

    En agosto de 2018, el más alto estrado de la justicia en Colombia, la Corte Constitucional, se vio sacudido cuando Claudia Quintero se plantó para pronunciar en 13 minutos su emblemático Discurso de la Dignidad. Retumbaba entre la solemnidad de los magistrados, togas y rostros que mudaban de la circunspección al asombro.

    Pienso en cada noche en que pasé frío, los proxenetas me castigaban. Pienso que fue una vida de dolor, ¿voluntariamente elegida por mí? Sí, pero con una pistola simbólica en mi cabeza cargada de desplazamiento forzado en guerra, indiferencia, discriminación, abuso, falta de oportunidades (…) No quiero derechos laborales, quiero derechos humanos y esos no me los garantizó la prostitución

    Frases que llevan a un debate impostergable de cuánta agencia, voluntad propia o consentimiento existe en las mujeres empobrecidas o marginadas que son sometidas a la explotación sexual y a la prostitución. “En el burdel no se te garantiza ningún derecho, solo eres una mercancía (…), ahí te quieren drogada, alcoholizada y operada”, remata esta mujer.

    A Claudia, nacida y criada en zona fronteriza colombo venezolana, su trabajo como activista de derechos humanos desde adolescente le costó amenazas, vejaciones por grupos paramilitares y el desplazamiento forzado junto a su familia a causa de la guerra en Colombia. La migración interna a la capital fue dura: con una bebé en brazos, embarazada y el abandono de su pareja, es enviada a un refugio en Bogotá. Allí, más empobrecida, con hambre y desesperada termina empujada a ejercer la prostitución en medio del consumo de sustancias que le permitían aguantar los abusos diarios y extremos. Es casi una década después cuando logra pedir auxilio a la Unidad de Víctimas, para salir de ese contexto y entrar en duros procesos de rehabilitación. 

    El verbo de Claudia es poderoso y vehemente y es una de las caras más visibles de la lucha contra la explotación sexual y contra la prostitución en Colombia, defensora de la dignidad de niñas y mujeres colombianas y migrantes venezolanas.

    Con una convicción inquebrantable, está por graduarse de psicóloga y dirige la Fundación Empodérame con el apoyo de voluntarias, incluyendo a mujeres sobrevivientes. Ha sido pionera en la lucha en las más altas cortes de Colombia para la defensa de las mujeres víctimas de explotación sexual y prostitución:  ha ganado cantidad de casos ante la justicia, a favor de colombianas, venezolanas y otras nacionalidades. Su fundación apoya y rescata en promedio a unas 500 mujeres víctimas y sobrevivientes por año.

    Sobre la situación en Venezuela, Claudia elige calificarlo como “una tragedia humanitaria”. En particular, resalta que la situación de migración forzada especialmente de mujeres y niñas, las empuja a la explotación sexual en Colombia y en otras partes del mundo. “Es una vergüenza para la humanidad, es un castigo contra ellas por el hecho de ser mujeres y pienso que es un problema a raíz de la política dirigida por hombres”.

    Confiesa reconocerse en la tragedia de otras, “me mueve la empatía que me brinda el hecho de haber sido víctima, siento que se repite en ellas mi historia del desplazamiento, de la explotación, del abuso a partir de la situación de movilidad que teníamos las víctimas del conflicto armado y que ahora tienen las migrantes”.

    Cruzar para salvarte y salvar a otras

    Bajo la batuta de Claudia Quintero, Empodérame sigue impactando innumerables vidas de mujeres locales y migrantes. Entre su equipo de voluntarias está Fany, quien se vio forzada a migrar desde los llanos venezolanos hacia Colombia hace 6 años. Medir 1,70 de estatura y pesar menos de 45 kilos, para ella era lo más cercano a sentir que se extinguía junto a sus dos niños, ambos casi en el umbral de la desnutrición. 

    En 2018, cuando atravesaba el último río hacia Colombia quedó bajo el fuego cruzado entre grupos armados en el departamento de Norte de Santander. Tirarse al piso, arrastrarse y chocar con una guerra ajena: así entraba y no había vuelta atrás. 

    Tras vivir en condiciones muy precarias y bajo la promesa de un trabajo como “mesera en un bar” accedió a ser trasladada a una zona rural, pero fue captada bajo engaño previamente por una familiar.

    Nos vendaron y luego de 5 horas por carretera desde Cúcuta nos entregaron a un grupo armado para ser esclavas sexuales junto a otras 20 mujeres venezolanas y colombianas. Las que se negaban, los milicianos las mataban, ahí pasaba un río cerca, ahí las tiraban”.

    Fany no fue rescatada y tras huir a Medellín (Antioquia), a casi 700 km de la frontera, dormir en lugares diferentes cada noche por miedo a ser localizada por la red e intentar sobrevivir de varios modos, se vio obligada a ejercer la prostitución durante 4 años en el emblemático Parque Berrío. 

    Justo en una jornada de caracterización sobre la explotación sexual que hizo Empodérame en la ciudad, las vidas de Claudia y de Fany se cruzaron, tejiendo una historia de solidaridad y apoyo juntas: ambas como sobrevivientes de múltiples violencias, pero empeñadas en ayudar a otras.

    En el tiempo que lleva como voluntaria de Empodérame, Fany ha sido enlace clave con mujeres víctimas, tanto de explotación sexual como en el ejercicio de la prostitución. En las jornadas de caracterización ayuda a identificar en éstas los riesgos que atraviesan y sus necesidades más apremiantes, además de ofrecer asesorías jurídicas para que las sobrevivientes entiendan y ejerzan sus derechos.

    Justo en los operativos de abordaje otro caso emblemático de auxilio ha sido el de Grecia, migrante forzada con discapacidad cognitiva quien fue detectada en la calle junto a su hijo Matias de 5 años. Había sido víctima de violencia intrafamiliar y de explotación sexual en medio de su desesperada búsqueda de empleo. Captada bajo engaño por una mujer de su entorno, movilizada y entregada en zona rural de Santander a una red de trata, logró escapar del confinamiento y ser auxiliada para luego iniciar una ruta de protección para víctimas de explotación sexual que ha dejado expuestas innumerables fallas 

    La fundación Empodérame tuvo que trazar a los meses una enérgica estrategia jurídica para que pudiera recuperar a su niño, del cual fue separada cuando estaba a punto de perder el beneficio de refugio otorgado por el Estado colombiano. El accionar de la fundación fue clave para la reunificación de Matías y Grecia, pero la amenaza del desalojo del albergue y que le quiten de nuevo a su niño siguen latentes mientras siga en Colombia por la exigencia de conseguir un trabajo estable pese a no contar con ninguna red de apoyo, por lo que la fundación se mantiene vigilante. 

    Al día de hoy, las vidas de Grecia y Fany están unidas por la sororidad y la voluntad de una red de mujeres que no se rinde frente a los devastadores daños que deja la explotación sexual y la prostitución forzada en sus pares, reciben la compañía y el auxilio que ha significado un punto de giro en sus vidas. 

    Fany fue becada en 2023 y logró obtener un diplomado en servicios hoteleros, y aunque como mujer colombo-venezolana, ambos Estados le han fallado, sigue convencida en ayudar y orientar a mujeres que sufren el contexto que ella experimentó. Por su parte, Grecia solo espera impaciente la confirmación del reasentamiento hacia Australia en calidad de refugiada junto a su niño.

    Del abuso y la deportación al auxilio de otras

    Sororas e Irreverentes” es el nombre de la organización que dirige Adriana, quien ha logrado caracterizar a unas 100 mujeres, entre venezolanas y colombianas que se identifican como víctimas de explotación sexual y sobrevivientes de violencia de género en la frontera colombo-venezolana, junto al apoyo de organizaciones como la Corporación Feminista Mujer Denuncia y Muévete Cúcuta.

    La fundación que lidera procura ofrecerles a estas mujeres desde opciones para el cuidado de la salud sexual y reproductiva, pruebas de tamizaje, VPH, VIH hasta alternativas de emprendimientos para encontrar una salida segura de la prostitución, considerando que el factor económico es el principal motivo que las mantiene en esta situación.

    Nuestra vida es muy complicada y peligrosa. Desde afuera, parece que estamos aquí porque nos gusta, pero no es así. Las condiciones son extremas, estamos expuestas a enfermedades y, a veces, no podemos seguir los tratamientos porque no tenemos cómo pagarlos”, dice Adriana, quien sigue ejerciendo la prostitución. 

    Pero en los 42 años de vida de esta mujer, la ocurrencia de múltiples violencias ha sido más que abrumadora. Siendo una niña de apenas siete años sufrió durante un largo tiempo el abuso sexual de su padrastro. Todo empezó en época navideña en Colombia. “Durante la celebración de la Noche de Velitas, me violó. Mi mamá nunca me creyó”, recuerda.

    Poner fin al infierno que vivía la empujó a escapar de su casa con quien finalmente fue el padre de sus hijos y quien la golpeaba salvajemente, por lo que fueron obligados a huir por estructuras criminales que ejercen control social en los territorios. Es cuando en 1.999, escapa disfrazada de hombre a Venezuela, al estado Portuguesa. Ante la precariedad y la imposibilidad de regularización migratoria fue captada por una red de explotación sexual de la que logró salir y regresar a su país. 

    Pero en 2002, vuelve a ser víctima del conflicto armado. “En Cúcuta, mataron a mi papá delante de nosotros”, por lo que sufre su segundo desplazamiento forzado y vuelve a Venezuela: sin documentos venezolanos vuelve a estar marginada y opta por la prostitución en Caracas. “Me detuvieron. Yo no quería firmar la deportación, pero me obligaron. Fui violada por funcionarios de seguridad. La Guardia Nacional y oficiales de migración fueron los responsables de esto”, reveló Adriana.

    La deportación desde Venezuela a Colombia agudizó su crisis económica y la empuja nuevamente a ejercer la prostitución en Cúcuta, desde donde también fue captada por una “amiga” resultando como víctima de trata en Ecuador. 

    Al día de hoy, con las represalias latentes, pero con la experiencia que le dan las cruentas batallas libradas, Adriana reta a las autoridades municipales de Cúcuta en busca de mayor protección y respeto a su labor: “En una reunión con el alcalde, le explicamos que con nuestro cuerpo todos se lucran: el dueño del bar, los clientes y los traficantes de drogas porque inducen bajo amenaza a muchas chicas a ofrecer drogas a los clientes, lo que a veces les cuesta la vida, nos ha tocado repatriar los cuerpos de las venezolanas”.

    «Sororas e Irreverentes» está compuesta por mujeres que como Adriana aun desempeñan la prostitución. «Nos protegemos mutuamente porque siempre hay quienes intentan agredirnos. Si eso ocurre, todas nos defendemos, incluso contra la policía, que a veces nos atropella o envía patrullas para dispersarnos, diciendo que no quieren ver a ninguna prostituta«.

    Aves de paso y un ángel en el camino

    Herminda Bermúdez ha perdido la cuenta de la cantidad de derechos que se le han negado en su vida. Vivió en situación de apatridia casi seis décadas, tiempo durante el cual el derecho a una nacionalidad, a la pertenencia y arraigo a su patria no lo había podido ejercer. No fue sino hasta los 59 años de edad que logró tener su identidad colombiana, mientras que, como desplazada forzada durante unas cuatro décadas en Venezuela por el conflicto armado, nunca logró tener un estatus migratorio regular, sino que por el contrario, sufrió la deportación en agosto del 2015, en medio del decreto de Estado de Excepción dictado por Nicolás Maduro en la frontera tachirense. Pero tras el retorno forzado a su país traía una misión: salvar las vidas de otras mujeres.

    Aves Emigrantes de Paso Somos Uno Solo (FUNDAPASOVES), es el nombre que Herminda decidió darle a la fundación que lidera a través de la cual rescata, apoya y orienta a mujeres venezolanas y colombianas retornadas que han sido víctimas de trata y de violencia basada en género. La casa funciona en medio de un asentamiento irregular (invasión) en el que colombianos y migrantes venezolanos han levantado viviendas precarias. El asedio al que es sometida por grupos armados es constante, pero no detiene su labor en Cúcuta.

    En 2017, intenté rescatar a una mujer que era víctima de violencia intrafamiliar y terminé arrodillada, amenazada con una pistola en la cabeza por el marido de la víctima”, recuerda esta mujer, quien a sus 69 años se ha convertido en un “ángel” para la vida de muchas por medio de intervenciones en terreno, constantemente vive expuesta a contextos violentos y de lucha armada que se libra en esa zona fronteriza. 

    En agosto de 2024, una joven migrante venezolana que falleció en condiciones adversas en Cúcuta, pudo recibir una sepultura digna a través de las gestiones ejercidas por Herminda. El cuerpo de la joven había permanecido semanas en la morgue del hospital Erasmo Meoz de Cúcuta sin que nadie lo reclamara, pues su madre en Venezuela no contaba con los recursos para repatriarlo ni trasladarse al lugar. Herminda y su equipo gestionaron el entierro con la ayuda de instituciones locales, lo que fue profundamente agradecido por la mamá de la joven en Venezuela.

    Gracias al apoyo de organizaciones internacionales como ACNUR y la ONU, así como de la Defensoría del Pueblo, esta lideresa ha logrado gestionar soluciones de emprendimiento para mujeres migrantes y retornadas. Estas iniciativas han permitido que muchas salgan del sometimiento y la violencia a las que viven sometidas. A través de charlas, apoyo psicológico y proyectos como peluquerías, panaderías y otras labores, se les brinda la oportunidad de mejorar sus condiciones de vida y superar la precaria situación en la que se encuentran.

    Recompensa al trabajo en contextos de trata

    Tiró la puerta, entró borracho, drogado y la golpeó con toda su fuerza, le reventó un ojo y la boca. Fiebre alta y una hemorragia vaginal aparecieron con los días. Como si se tratara de un despojo humano, el proxeneta que la mantenía encerrada se deshizo de ella porque ya no le generaba ganancias. Así inicia María Mercedes el relato de uno de los capítulos más dolorosos de su vida.

    Sin embargo, la caridad de un hombre la ayudó a conseguir medicinas y un empleo temporal que sirvió para mantener a flote a esta mujer de 45 años, quien había salido en 2019 desde Maracay (Aragua) hacia Cúcuta, empujada por la precariedad que vivía. 

    A mi hija de 7 años no la podía alimentar ni enviar a la escuela con hambre. Por las noches, la distraía para que se durmiera sin pedirme comida. Pero al día siguiente, tampoco tenía nada para darle”, recuerda.

    Justo en este capítulo de la vida de María Mercedes hay un nombre que queda indeleble: Magaly Castañeda, abogada y lideresa de la Fundación Frida Kahlo, quien le brindó apoyo emocional y orientación para un emprendimiento del cual vive actualmente, junto a su esposo y  su niña, cuando finalmente se pudieron reunificar. 

    El 70% de las mujeres atendidas por esta organización desde 2018, han sido migrantes venezolanas, en edades comprendidas entre los 18 y 28 años. Magaly mantiene un trabajo incansable dedicado a salvar y restaurar las vidas de estas mujeres que en su mayoría han sido coaccionadas o engañadas.  Trabaja en zonas de impacto de Cúcuta y Villa del Rosario lo que le ha permitido identificar que los casos de trata de personas han aumentado progresivamente: De 5 en 2022 a 56 hasta julio de 2024.

    Desde 2020 la vulnerabilidad de las mujeres migrantes, frente a los tratantes y grupos criminales va en aumento”, resume Castañeda, galardonada en 2022 con el Programa de Liderazgo de Visitantes Internacionales (International Visitor Leadership Program IVLP) del Departamento de Estado de EE. UU., por el impacto de su organización en mujeres víctimas de Violencias Basadas en Género (VBG) y trata de personas.  

    Casa de segundas oportunidades 

    La Esperanza”, es el nombre del Centro de Acogida y Capacitación de las Hermanas Oblatas en Medellín, congregación que hace más de siglo y medio acoge a mujeres prostituidas que eran excluidas y rechazadas en otras instituciones, les brindan formación en oficios diversos y acompañamiento psicosocial 

    Para las Oblatas, la prostitución, la pornografía y las actividades en los estudios webcams no son trabajos, son la antesala de la trata de mujeres con fines de explotación sexual y están ligadas a la feminización de la pobreza y la desigualdad social creciente, postura que dicen compartir con la Relatora Especial sobre la violencia contra las mujeres y las niñas de la ONU, Reem Alsalem.

    No podemos cruzar los brazos mientras estas mujeres siguen siendo tratadas como objetos”, dice una de sus integrantes quien prefiere mantener su identidad bajo resguardo. 

    Entre la calidez que se respira en La Esperanza el trabajo en red es incansable. Natalia Marín, psicóloga del centro, documenta y atiende a las que tocan las puertas y que traen consigo secuelas emocionales, conductuales y psicológicas severas.  “Muchas presentan trastornos duales, muchas son obligadas a consumir sustancias psicoactivas o alcohol, lo que deriva en trastornos depresivos, de ansiedad e incluso psicóticos”

    Para Natalia, auxiliar a mujeres migrantes es todo un reto, en especial por los duelos que se les suman. 

    Pierden su identidad, su autoestima, no encuentran su lugar en el mundo, se sienten propiedad de otro. Tratan de sostener a sus familias a distancia, mientras les toca defenderse y sobrevivir acá”, dice Natalia.

    Las Oblatas también trabajan de la mano de voluntarias como Jeny, mujer afrocolombiana quien de adolescente fue víctima de explotación sexual, captada  en Medellín y trasladada bajo engaño junto a otras adolescentes hasta el departamento del Meta, municipio rural de San Martín (zona de distensión de los paramilitares entre 1998 y 2002) donde fueron encerradas en cuartos bajo cadenas las 24 horas del día. 

    Cuando llegamos nos pusieron en fila, arrodilladas, listas para el tiro de gracia, frente al comandante paramilitar. Nos prometieron asesinarnos si alguna intentaba escapar o avisar a la familia”. 

    Tras su desaparición nadie de su familia la buscó ni avisó a autoridades policiales por miedo. Luego de un mes logró escapar de sus captores y en el intento falleció una de las adolescentes y un integrante de la organización criminal, quien les había abierto los candados de los cuartos donde eran sometidas. 

    Por muchísimos años Jeny guardó silencio por miedo a ser culpada. La falta de apoyo de su familia y los traumas de la guerra y la explotación la llevaron al consumo de alcohol, un embarazo temprano y a merced   de la prostitución. Y aunque logró salir, el apoyo de las Hermanas Oblatas ha sido crucial para ella. Ganó una beca universitaria y se prepara para ser abogada con un propósito de vida irrevocable: asistir a las víctimas de explotación sexual y prostitución colombianas y migrantes. 

    Misión arriesgada, indetenible y contra todo pronóstico

    Mientras el acuerdo internacional más importante en materia de lucha contra la trata de personas, el Protocolo de Palermo, exige a los Estados “desalentar la demanda que propicia cualquier forma de explotación”, especialmente de mujeres, niñas y  niños, el Estado colombiano luce ambiguo o parece ir en dirección contraria.  Las organizaciones consultadas para este reportaje advierten aún serias fallas para el reconocimiento de las víctimas, para iniciar y permanecer en la ruta de atención y  acceder a un proceso de justicia y de reparación. Como si fuera poco, otro agravante lo constituye la ausencia de protección , resguardo y garantías a la integridad para estas mujeres que se mantienen en lucha ayudando a otras, expuestas ante el accionar de  redes criminales pero inquebrantables en la denuncia de estos contextos y en el auxilio de sus pares.    La falta de capacitación de jueces y fiscales para la tipificación adecuada del delito ya ha sido expuesta también en otras instancias . 

    En el caso de Venezuela, se suma la opacidad sobre las estadísticas y caracterización de las víctimas de trata, la ausencia de un mecanismo que acoja con dignidad a mujeres víctimas y sobrevivientes, y por ende la ausencia de políticas públicas de protección, incumpliendo tratados internacionales de los que son signatarios, como lo explicó para este informe la oenegé Mulier Venezuela

    Este trabajo se realizó con el apoyo editorial de la Red de Periodistas Venezolanas, en el marco del programa Redsonadoras.  

    Los nombres de algunas de las víctimas que aportaron sus testimonio para esta investigación fueron cambiados por resguardo a su integridad.