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  • OIM presenta un nuevo mapa de servicios de protección para población migrante

    OIM presenta un nuevo mapa de servicios de protección para población migrante

    La herramienta, desarrollada junto a instituciones locales, reúne ubicaciones y contactos de servicios públicos gratuitos en la frontera con Colombia. Este primer mapa de su tipo busca facilitar el acceso a asistencia y fortalecer la respuesta institucional en el marco de la estrategia nacional de prevención de la violencia.

    Por Rosalinda Hernández

    Táchira, Venezuela. Durante una visita oficial al estado Táchira, frontera con Colombia, la Jefa de Misión de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) en Venezuela, Lia Poggio, encabezó la presentación de una nueva herramienta destinada a fortalecer el acceso a servicios de protección para la población migrante y comunidades locales. La actividad se realizó en el marco de la conmemoración de los 20 años de presencia de la OIM en la entidad.

    La iniciativa es el resultado de un esfuerzo conjunto entre la OIM, el Instituto Autónomo Consejo Nacional de Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes (IDENNA), la Fundación de la Familia Tachirense, el Comité Internacional para el Desarrollo de los Pueblos (CISP) y otros actores clave del estado. Su objetivo central es facilitar el acceso a información confiable y actualizada sobre servicios públicos gratuitos, con especial énfasis en la protección de niños, niñas y adolescentes, y en la respuesta a la violencia basada en género.

    Guía para migrantes y retornados

    Previo a este lanzamiento, la OIM había realizado un mapeo general de servicios disponibles para personas migrantes en el estado. El nuevo producto va un paso más allá: se trata de un mapa detallado, con direcciones y ubicaciones exactas de instituciones y organismos que brindan atención en áreas críticas de protección.

    El mapa está disponible inicialmente para los municipios San Cristóbal, Ureña y San Antonio, (frontera con Colombia) zonas clave por su dinámica migratoria. Su finalidad es que las personas que salen del país o regresan puedan identificar fácilmente dónde solicitar asistencia.

    Entre los servicios incluidos se encuentran:
    • Programas de prevención de la violencia.
    • Atención a sobrevivientes de violencia basada en género.
    • Asistencia a víctimas de trata de personas.
    • Contactos de órganos receptores de denuncias.
    • Información sobre la Defensoría Pública, el Tribunal de Violencia contra la Mujer y el Ministerio Público.
    • Servicios especializados para la protección de niños, niñas y adolescentes, incluyendo el Consejo de Protección y las instituciones que brindan atención diferenciada.

    El material está publicado en la página web del municipio y distribuido en formato impreso para facilitar su consulta por parte de la ciudadanía.

    Un mapa único para Táchira

    Alex Rigol, jefe de la suboficina de la OIM para Táchira y Apure, destacó que este es el primer mapa de servicios de protección de su tipo en el estado. Explicó que la herramienta busca visibilizar servicios públicos gratuitos que muchas veces la población desconoce, presentándolos de forma visual, gráfica y de fácil comprensión.

    El mapa fue validado y desarrollado en coordinación con autoridades locales y forma parte de un esfuerzo liderado por el CISP, la OIM y con la participación de organizaciones locales, nacionales e internacionales. El Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) también acompaña esta iniciativa, destacó Rigol.

    Aunque no existen mapas idénticos a nivel nacional, este proyecto se suma a otros esfuerzos para visibilizar servicios de protección y podría replicarse en otras regiones del país. La iniciativa se enmarca en la estrategia nacional de Naciones Unidas para la prevención y respuesta a la violencia.

    Aquí puedes descargar el mapa de servicios: https://alcaldiasancristobal.gob.ve/mapa_servicios.php

  • Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer

    Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer

    En el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, hacemos foco en 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗿𝗮 𝗹𝗮𝘀 𝘃𝗶𝗼𝗹𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮𝘀 𝗺𝗮𝗰𝗵𝗶𝘀𝘁𝗮𝘀, 𝗶𝗻𝘀𝘁𝗶𝘁𝘂𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗹𝗲𝘀 𝘆 𝗲𝘀𝘁𝗿𝘂𝗰𝘁𝘂𝗿𝗮𝗹𝗲𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗮𝘁𝗿𝗮𝘃𝗶𝗲𝘀𝗮𝗻 𝗳𝗿𝗼𝗻𝘁𝗲𝗿𝗮𝘀 𝘆 𝗮𝗳𝗲𝗰𝘁𝗮𝗻 𝗱𝗲 𝗺𝗮𝗻𝗲𝗿𝗮 𝗽𝗮𝗿𝘁𝗶𝗰𝘂𝗹𝗮𝗿 𝗮 𝗺𝘂𝗷𝗲𝗿𝗲𝘀 𝗺𝗶𝗴𝗿𝗮𝗻𝘁𝗲𝘀, 𝗿𝗲𝗳𝘂𝗴𝗶𝗮𝗱𝗮𝘀 y retornadas, 𝗮𝘀í 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝗮 𝘀𝘂𝘀 𝗵𝗶𝗷𝗮𝘀 𝗲 𝗵𝗶𝗷𝗼𝘀.



    La violencia institucional se reproduce en aquellas instancias de los Estados receptores o en tránsito, cuando las mujeres se enfrentan a omisiones, exceso de burocracia, prácticas o decisiones que obstaculizan el ejercicio de sus derechos o el acceso a rutas de atención frente a delitos como la trata de personas y la explotación sexual en sus diversas formas, explotación laboral, etc., violencia física, psicológica y económica o la prevención del feminicidio.

    La padecen también en el sistema de justicia, sanitario o en búsqueda de protección internacional, cuando intentan acceder al sistema de asilo y refugio, alcanzar una regularización migratoria o en la búsqueda de trabajo y vivienda dignos.

    Pero 𝗹𝗮 𝘃𝗶𝗼𝗹𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝗺𝗮𝗰𝗵𝗶𝘀𝘁𝗮 𝘁𝗮𝗺𝗯𝗶é𝗻 𝗲𝘀𝘁á 𝗲𝗻 𝗲𝗹 𝗺𝘂𝗻𝗱𝗼 𝗱𝗶𝗴𝗶𝘁𝗮𝗹: 𝗲𝗹 𝗼𝗱𝗶𝗼 𝗲𝗻 𝗿𝗲𝗱𝗲𝘀 𝗹𝗮𝘀 𝗴𝗼𝗹𝗽𝗲𝗮 𝗲𝗻 𝗯𝗮𝘀𝗲 𝗮 𝘀𝘂 𝗼𝗿𝗶𝗴𝗲𝗻, 𝘀𝘂 𝗰𝗼𝗹𝗼𝗿 𝗱𝗲 𝗽𝗶𝗲𝗹, 𝘀𝘂 𝗮𝗰𝗲𝗻𝘁𝗼 o 𝘀𝘂 𝗼𝗿𝗶𝗲𝗻𝘁𝗮𝗰𝗶ó𝗻 𝘀𝗲𝘅𝘂𝗮𝗹. A nivel global, la violencia machista es una crisis: 1 de cada 3 mujeres en el mundo ha sufrido violencia física o sexual (OMS), 263 millones de mujeres han sido víctimas fuera del ámbito de la pareja, mientras que la ONU Mujeres advierte que las crisis humanitarias y migratorias aumentan la exposición a violencia sexual, trata y explotación. Por su parte, la OIM asegura que el riesgo de violencia machista contra mujeres migrantes y refugiadas en las Américas sigue creciendo.


    Documentar, explicar y buscar respuestas desde el periodismo sobre las violencias contra las mujeres y niñas resulta una tarea imprescindible. Las mujeres siguen resistiendo, creando redes de apoyo, de solidaridad y sosteniendo la vida.

  • Mujeres migrantes en América del Sur siguen enfrentando riesgos graves y persistentes durante su tránsito

    Mujeres migrantes en América del Sur siguen enfrentando riesgos graves y persistentes durante su tránsito

    Por Rosalinda Hernández

    Las rutas migratorias en América del Sur continúan representando un escenario de alto riesgo para las mujeres en tránsito; así lo dejan saber los hallazgos del informe Mujeres en el tránsito migratorio a través de América del Sur publicado el 31 de agosto de 2025 por el Mixed Migration Centre (MMC).

    Robos, extorsiones, sobornos y violencia verbal son parte de los peligros cotidianos que enfrentan, según revela la reciente investigación. A estos se suman riesgos específicos de violencia sexual —como el abuso y la explotación— que, aunque advertidos por informantes clave, muchas veces pasan inadvertidos para las propias mujeres migrantes.

    Las condiciones adversas del trayecto tienen un impacto profundo en la salud sexual y reproductiva. Situaciones como la gestación, la lactancia y la menstruación ocurren en entornos inadecuados, exponiendo a las mujeres y a sus bebés —nacidos o por nacer— a riesgos como infecciones, desnutrición, bajo peso al nacer, síndrome de choque tóxico, morbilidad e incluso mortalidad.

    El estrés constante, la incertidumbre del camino y el duelo migratorio también afectan la salud mental de las mujeres. Los testimonios recopilados reflejan sentimientos de tristeza, frustración, temor y culpa, evidenciando la carga emocional que implica el tránsito migratorio.

    Ante estos desafíos, muchas mujeres desarrollan estrategias de autoprotección: mantenerse en contacto con sus familias, planificar el trayecto y viajar acompañadas, son algunas de las medidas más comunes. Sin embargo, las estrategias de cuidado emocional son escasas, y persiste una falta de herramientas para enfrentar las dificultades psicológicas del viaje.

    La división tradicional de roles de género también se mantiene durante el tránsito. Las mujeres son quienes asumen principalmente el cuidado de niñas, niños y personas dependientes, además de encargarse de la alimentación y las compras del grupo de viaje.

    Aunque existe una respuesta humanitaria en varios puntos de las rutas migratorias, esta sigue siendo insuficiente. Casi la mitad de las mujeres encuestadas reportó no haber recibido ningún tipo de asistencia durante su trayecto, y la mayoría manifestó tener necesidades urgentes no cubiertas, especialmente en cuanto a dinero en efectivo, alojamiento y atención médica.

    Metodología y perfiles

    El informe se fundamenta en datos cuantitativos y cualitativos recopilados por el Mixed Migration Centre durante los años 2024 y 2025 en siete países de América del Sur: Perú, Chile, Argentina, Bolivia, Uruguay, Colombia y Brasil. El objetivo principal fue identificar y comparar las experiencias migratorias de mujeres y hombres en tránsito, con especial atención a los riesgos, necesidades y mecanismos de protección implementados por las mujeres migrantes.

    La investigación incluyó encuestas 4Mi —con un módulo diseñado específicamente para este estudio— aplicadas a 2.571 personas migrantes entre el 3 de diciembre de 2024 y el 9 de mayo de 2025.

    La muestra se dividió por sexo: 1.103 mujeres conformaron el conjunto de datos primario, mientras que 1.468 hombres integraron el grupo de control. Esta segmentación permitió analizar las experiencias particulares de las mujeres migrantes en comparación con sus pares masculinos.

    Los datos cuantitativos ofrecieron información sobre perfiles demográficos, riesgos enfrentados, experiencias vinculadas a la gestación, lactancia y gestión menstrual, división sexual del trabajo, estrategias de autoprotección, necesidades durante el tránsito y acceso a asistencia humanitaria.

    Recopilación de información cualitativa

    La dimensión cualitativa se desarrolló mediante entrevistas semiestructuradas en profundidad realizadas en Perú y Chile. Participaron:
    • Catorce mujeres adultas migrantes provenientes de Venezuela y Colombia
    • Nueve informantes clave de organizaciones que trabajan con mujeres migrantes en ambos países.

    Estas entrevistas permitieron explorar temores, experiencias relacionadas con la higiene y la lactancia, roles asumidos en el marco de la división de género del trabajo, barreras para la autoprotección —especialmente en salud mental— y necesidades no cubiertas durante el trayecto migratorio.

    Si trabajas en migración, derechos humanos, salud, género o simplemente quieres comprender mejor los desafíos que viven miles de mujeres en su búsqueda de seguridad y dignidad, este informe es una lectura imprescindible.

    Accede al documento completo en Mixed Migration Centre – Mujeres en tránsito migratorio en América del Sur

  • Migrantes Venezolanas varadas en frontera son más vulnerables a explotación sexual

    Migrantes Venezolanas varadas en frontera son más vulnerables a explotación sexual

    Querían huir de Venezuela, pero no lo lograron. Querían encontrar un trabajo digno pero la mayoría de las ofertas laborales que encuentran en la frontera con Colombia las acercan a la explotación sexual. Están atrapadas en las violencias que sufren quienes sobreviven en los rancheríos instalados en la ribera del río Táchira

    Por Rosalinda Hernández / Ilustración: Ernesto Cáceres

    Son las 2:00 de la madrugada y Alvence (*) se prepara para comenzar su jornada laboral. Debe apurarse con la preparación de las arepas y el café porque pronto llegarán a la zona sus clientes: cientos de personas de Venezuela que huyen del país; que lo siguen haciendo a pesar de todos los peligros, los conocidos y los desconocidos, que puedan encontrar en el camino.

    Pero a Alvence le cuesta concentrarse, no logró conciliar el sueño durante las pocas horas que tuvo para dormir. La madrugada ha estado “muy movida”, ha habido más “ruido” de lo normal en la casa de vecindad donde vive alquilada.

    “Ahí, mientras preparaba el café, oía los gritos y gemidos de la gente teniendo sexo. Eventualmente oía los escándalos que formaban los borrachos y alguna que otra pelea salía de los cuartuchos de paredes desteñidas con baños compartidos. Es que buena parte de las muchachas que viven allí son de mala vida”, recuerda la mujer y agrega que con esodebía lidiar a diario.

    “Un día se me acercó un hombre casi desnudo que salió del cuarto de una de las mujeres y me propuso que me uniera a ellos para hacer un trío. Ellos estaban en el acto sexual y empezó a decirme desastres… Ese día dije: Dios mío ¿qué hago yo aquí?”, prosigue la mujer de 47 años de edad.

    El 4 de octubre de 2017, Alvence y su hija de 19 años de edad llegaron a San Antonio del Táchira, la principal vía de escape de personas venezolanas que buscan un mayor bienestar en otros países, el que les está negado en el suyo. Procedían de Valencia, estado Carabobo. Ambas son migrantes internas y no están incluidas en los registros cuantitativos del éxodo masivo internacional, que supera los 7,7 millones de personas, según la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur).

    En todo caso, Alvence y su hija también son personas que han huido de las calamidades en los lugares donde viven; son personas que merecen protección.

    El destino de Alvence era Ecuador, donde la esperaba una prima que le ofreció trabajo en peluquería.Su estadía en la frontera venezolana sería breve, un mes era lo previsto. Un hijo la esperaba en San Antonio para ayudarla a completar el periplo. Le habían dicho que en la frontera hacer dinero era muy fácil.

    “Era la ciudad de las oportunidades. Nos dijeron que aquí hasta por reírse usted ganaba plata”.

    Cuenta cómo vivía (o sobrevivía) en Valencia: “Me deprimía mucho y me puse flaquita como una aguja. Llegó un momento en que solo comía arepa de masa de maíz pelado, arroz picado o yuca sancochada en la mañana, al mediodía y en la noche. No había ni un pedacito de queso. El café lo tenía que recolar por varios días. Llegó un momento en el que me quería morir. Además, el papá de mis hijos, un militar, se fue y nos abandonó”. Alvence no puede contener el llanto y se seca los ojos con las manos tostadas por el sol de la frontera.

    “No tenía champú, no había desodorante ni papel higiénico. Cuando me llegaba el período eso era un desastre; me irritaba y muchas veces me tocó usar trapos. Quería cambiar mi situación, pero al llegar aquí a San Antonio, nos estrellamos con la realidad. Nada era como nos lo pintaron”.

    En efecto, en San Antonio la situación de Alvence no mejoró. Tuvo que separarse de su hijo y se vio obligada a vivir en esa casa de vecindad ocupada por mujeres “de la mala vida”. Así se refiere a las migrantes venezolanas varadas en la frontera con Colombia que son víctimas de explotación sexual.

    “¿Café y algo más?”

    Una madrugada, mientras Alvence vendía café, un hombre la persiguió por las calles adyacentes a la avenida Venezuela de San Antonio. “Vi que me seguía desde muchas cuadras antes. Yo me detuve en el parque. El joven se me acercó y pidió un café, se lo serví y me pagó sin novedad. De pronto se me acercó y me dijo: “necesito saber cuánto cobras para que salgas conmigo”. Le dije: te equivocas, yo vendo café. Tú eres un muchacho y yo soy una mujer adulta y aparte de eso, yo no estilo hacer esas cosas”.

    El muchacho tendría unos 22 años, recordó Alvance: “Era insistente en que tenía que salir con él. Me decía ‘piénsalo’ y me anotó el número de teléfono en un papelito. Antes de irse, me volvió a decir “piénsalo”. Le dije que no tenía nada que pensar. Era muy insistente y, finalmente, entendí por qué se había fijado en mí: ‘yo la he visto saliendo de la pensión del barrio Miranda, usted vive ahí y todas las mujeres de esa residencia lo hacen, ¿por qué usted no lo va a hacer?’”.

    Alvence se mudó a otro lugar. Sin embargo, con la mudanza no se resolvió el problema: “Parece que uno lo cargara en la frente -dice con sentida indignación- pues donde me paraba o sentaba para vender el café, se me acercaba algún tipo y decía: ‘¿café y algo más?’ o ‘¿cuánto cobras? Más de una vez me tocó mandarlos a la mierda”.

    La explotación sexual acecha a las migrantes venezolanas varadas en la frontera. Están en una situación de vulnerabilidad extrema, al punto de que a veces no tienen qué comer y el intercambio de sexo por comida es una posibilidad que está latente. Para algunas de ellas, ejercer el “sexo por supervivencia” representa una tentación. En la mayoría de los casos, no se trata de un trabajo sexual voluntario sino forzoso; es decir, determinado por las circunstancias tan apremiantes en que ellas sobreviven.

    La población femenina migrante se ha visto fuertemente afectada por su cosificación como objeto sexual. El 32,7% de las personas que ejercen el trabajo sexual en Colombia son extranjeras y casi todas son provenientes de Venezuela, según datos de la Secretaría de la Mujer por intermedio del Observatorio de Mujeres y Equidad de Género.

    Alvence salió despavorida huyendo de la casa de vecindad que funcionaba como un prostíbulo y consiguió alquilar un espacio en la comunidad de “Mi Pequeña Barinas”, ubicada al margen del río Táchira, que marca la frontera entre Venezuela y Colombia.

    En esa zona están otros dos rancheríos: “Che Guevara” y “Ezequiel Zamora”. Los tres se edificaron a principios del 2004, con la llegada de personas colombianas a San Antonio, muchas de las cuales escapaban de la violencia en su país y tomaron al pie de la letra la orden dictada por el expresidente Hugo Chávez: “intervenir” todo terreno, público o privado, urbano o rural que se encontrara ocioso.

    Once años después, específicamente la noche del 19 de agosto de 2015, en la zona se ejecutó una Operación Liberación del Pueblo (OLP): aproximadamente 1.500 militares irrumpieron en los rancheríos para desalojar a sus habitantes y despejar el área; todo ello en el contexto del cierre de la frontera con Colombia dispuesto por el presidente Nicolás Maduro.

    Aquello quedó, literalmente, como tierra arrasada. Sin embargo, con la misma anarquía que signó el nacimiento de Mi Pequeña Barinas, Ché Guevara y Ezequiel Zamora, a partir de 2017 los terrenos fueron invadidos de nuevo.

    Ahora, estos tres rancheríos están ocupados por personas desplazadas, pero no de Colombia sino de Venezuela, que se han movilizado hacia la frontera con Colombia desde distintas regiones de Venezuela, pero que quedaron varadas en la frontera en su intento de escapar de la emergencia humanitaria compleja que se ha profundizado en el país.

    Son personas que ahora están expuestas a otras dinámicas de violencia, tan o más peligrosas que las que afrontaban en sus lugares de origen.

    La precariedad que las hace más vulnerables

    Alvence intentó deslastrarse del estigma: “quería que todos los hombres dejaran de verme con ganas”. Por eso montó una venta informal de cambures (bananos, en Venezuela) cerca del mercado municipal y eventualmente hacía limpieza de casas.

    En “Mi Pequeña Barinas” conoció a otras desplazadas internas en similares condiciones que ella. Fueron tejiendo una red de apoyo que les servía para encontrar empleos, comprar comida más barata o compartir un cable con conexión eléctrica para alumbrarse en las noches.

    “Una vez me llamaron para limpiar una casa. Acordamos hacer la entrevista en La Parada, (el corregimiento colombiano ubicado a 200 metros del Puente Internacional Simón Bolívar). Fui confiada y cuando llegué al lugar me esperaba un hombre en una moto. Ese hombre, empezó a hacerme preguntas que no tenían que ver con limpiar casas. Yo me hacía la loca y le iba explicando qué oficios sabía hacer. De pronto, sacó un celular y me comenzó a tomar fotos, incluso me decía que me volteara y cosas así. Me cubrí la cara y le dije que no podía hacerme fotos sin mi permiso. Pero él no me hacía caso. Entonces di media vuelta e intenté irme. De pronto, ese hombre me tomó muy fuerte por el brazo y después por el cuello y me obligó a subir a la moto. Yo empecé a meter gritos y la gente empezó a llegar. Él me decía ‘cállese, no grite que no le voy a hacer nada’. Cuando vio que la gente venía a socorrerme, el tipo me soltó, prendió la moto muy rápido y se fue, pero su intención era raptarme”.

    Adriangela Álvarez, Gerente de Investigaciones de FundaRedes, señala que las personas venezolanas que emigran se enfrentan a peligros en la frontera colombo-venezolana debido a la presencia de grupos armados ilegales. Los riesgos incluyen diversas formas contemporáneas de esclavitud: trata de personas, explotación sexual y extorsión.

    Por su parte, la directora de la Asociación Venezolana para una Educación Sexual Alternativa, (AVESA), Maddymar León, explica que la precariedad en que viven las migrantes las ubica en una situación de mayor vulnerabilidad.

    León sostiene que las causas estructurales de este tipo de violencias contra la mujer corresponden a una cultura patriarcal y machista que permite a los hombres comprar el cuerpo de las mujeres para satisfacerse sexualmente. Considera necesaria la transformación cultural mediante la prevención (con énfasis en la educación) y la sanción de los atropellos, todo ello articulado en políticas públicas integrales.

    Siete años después de estar encallada en la frontera, Alvence lamenta que no ha podido lograr nada de lo que se planteó al migrar desde Valencia.

    “Trabajo y trabajo y lo que agarro solo me alcanza para comer y pagar deudas. No he logrado mis objetivos… Aquí me estanqué, son siete años perdidos y no sé qué hacer, estoy desesperada y no encuentro salida”.

    Ofertas de empleo que encubren la trata

    La historia de Alvence, es similar a la de Marisol (*), una mujer que llegó desde el estado Guárico hasta San Antonio del Táchira con la esperanza de un futuro mejor. Ha trabajado de carruchera (transportando mercancías en carretillas de un lado al otro de la frontera), vendiendo agua y helados en el puente internacional Simón Bolívar, en La Parada y en la avenida Venezuela, zonas donde se concentra la migración hacia Colombia.

    Tenía que recorrer las calles durante más de 10 horas con una cava a cuestas. Pero lo que más le pesaba eran los piropos vulgares y las grotescas insinuaciones de los hombres que se le acercaban.

    Esta guariqueña de 30 años de edad, que migró a San Antonio con sus dos hijos de ocho y 10 años, intentó apuntarse a un trabajo “formal”, donde estuviera más segura, lo más alejada posible del acecho sexual que se encontraba dondequiera:

    “A mí me ha tocado pasar noches sindormir, esperandola una, dos y tres de la mañana para vender los termos de café. Eso fue lo que hice cuando llegué. A la una de la mañana me instalaba en el Centro Cívico o en el mercado municipal, pero el acoso de los tipos es bárbaro”.

    En febrero de 2024 se enteró de una oferta laboral en un restaurante de comida china. No lo pensó dos veces; salió con su hoja de vida en una carpeta y la entregó. Dos días después recibió una llamada telefónica para acordar la entrevista que le dejó una amarga experiencia.

    “No más entrando, me trataron mal, me miraron de pies a cabeza como revisando algo en mi cuerpo. Me dieron un montón de indicaciones y la advertencia que si no las acataba estaba botada. Yo tenía experiencia como mesera, así que me aguanté el regaño por la necesidad. Finalmente, me dijeron que servía para la cocina, pero no para atención al público porque estaba muy vieja. Lo curioso es que unas muchachas que también aplicaron para el trabajo, una de 22 años y la otra de 25, sí fueron contratadas. La diferencia la marcó “la ropa cortica y pegadita” que usaban esas dos muchachas, asegura Marisol.

    Un estudio realizado como parte del proyecto Prevención y Respuesta a la Violencia Basada en Género en contextos fronterizos, documentó la incidencia de casos de trata en las poblaciones de la frontera con Colombia. Mujeres, adolescentes y hasta niñas son atraídas por ofertas de empleo engañosas que generalmente están relacionadas con el modelaje o la venta al público de algún producto. Algunas quedan atrapadas en las redes de trata.

    La conversación con Marisol transcurre en un parque público cercano a Mi Pequeña Barinas. “A mi casa no puedes venir, pues aquí vive mucha gente de esa…”, comenta en referencia a supuestos grupos armados que estarían ocupando la zona.

    Con una frustración que la apena, Marisol afirma que sus aspiraciones “cayeron al piso” y que antes de llegar a San Antonio su situación era mala, pero ahora es peor:

    “Yo tenía un carrito, también una moto… Vivíamos más o menos, pero fuimos vendiendo todo hasta que quedamos solo con el carro, que después lo vendí para comprar el rancho en la invasión”.

    Actualmente, Marisol trabaja en peluquería y persiste en reunir algo de dinero para emprender viaje a Estados Unidos.

    La ex presidente del Instituto Tachirense de la Mujer (Intamujer) y actual Directora General de la Fundación Proideas, Beatriz Mora, señaló que muchas mujeres han sido víctimas de redes de trata. Son captadas mediante ofertas de trabajo fraudulentas que circulan por redes sociales. Al llegar a la frontera las despojan de sus documentos de identificación y, finalmente, son esclavizadas y explotadas sexualmente.

    Recordó el caso de una adolescente (15 años) rescatada en el terminal terrestre de San Cristóbal, que inexplicablemente atravesó no sé cuántos puestos de control policial y militar desde Caracas hasta la capital del Táchira y en ninguno le pidieron identificación.

    En Táchira se han develado redes de trata que involucran a miembros de la Policía Nacional Bolivariana (PNB).

    “Hace pocos días el gobernador Bernal denunciaba, nuevamente, la captura de personas involucradas en la trata de mujeres en la región”.

    Beatriz Mora.

    Resignada y sin fuerzas

    Un hombre -del que no quiso hablar ni dar detalles- convenció a María (*) para que viajara a San Antonio del Táchira. En su casa le dio albergue a ella y a sus dos hijas menores de edad.

    “Él me dijo que me iba ayudar y me preguntó qué me gustaba hacer. Como lo que me gustaba era la cocina, entonces empecé a vender empanadas cerca del cementerio todos los días a partir de las dos de la mañana”. María, como Alvence y Marisol, aprovechaba el tránsito de migrantes desde Venezuela con rumbo a Colombia.

    Las propuestas sexuales no cesaban, dice la mujer de 40 años de edad y oriunda del estado Yaracuy:

    “Unos me hacían insinuaciones y otros sí me lo pedían de frente e insistían, pero yo nunca he caído en eso. Del lado de Colombia, en la Parada, eso es muy común entre las chicas recién llegadas; ellas cobran por hacer cosas de esas”.

    María*, 40 años

    En el informe Reinventarse sobre la marcha: Mujeres refugiadas y migrantes de Venezuela Un estudio de sus condiciones y accesos a medios de vida en Colombia, Ecuador y Perú, se indica que el acoso sexual en la calle y en los lugares de trabajo constituye un gran obstáculo para que las mujeres venezolanas accedan a medios de vida. Este tipo de violencia limita sus opciones laborales y allanan el camino hacia la explotación sexual.

    En agosto de 2014, María llegó a la frontera con Colombia; como Alvence y Marisol, “movida por la necesidad”. Su propósito era trabajar, ahorrar y continuar el viaje hasta Bucaramanga. Pero transcurridos casi diez años no ha conseguido un empleo digno y estable que le permita alcanzar la meta.

    Dice que vive de la generosidad de vecinos y conocidos. No tiene una casa propia y habita un espacio que no se podría llamar hogar en el rancherío “Mi Pequeña Barinas”. Diariamente debe pagar 5.000 pesos colombianos, equivalentes a 1,35 dólares, por un cuarto de unos tres por dos metros cuadrados, construido con lonas verdes y láminas de zinc; el piso es de tierra y no tiene suministro corriente de agua potable.

    A diferencia de Alvence y Marisol, María se siente triste y sin fuerzas para avanzar en su tránsito migratorio. Para ella el retorno a su pueblo en Yaracuy no es una opción: “La situación allá es peor”. Está resignada a seguir varada en la frontera.

    (*) Los nombres de las protagonistas de esta historia se mantienen en resguardo. Se usaron nombres ficticios por razones de seguridad, a petición de las propias afectadas.

    Créditos:

    Documentación y redacción: Rosalinda Hernández/ Ilustración: Ernesto Cáceres/ Acompañamiento editorial: Edgar López.

    Esta historia fue publicada originalmente en una alianza de medios venezolanos (La Nación, El Estimulo, Tal Cual) en marzo de 2024.

  • Migrar y retornar con la mente trastornada

    Migrar y retornar con la mente trastornada

    Tres mujeres venezolanas huyeron a Colombia para mejorar su calidad de vida, pero regresaron a Venezuela agotadas por los múltiples escenarios de violencia basada en género que minan el trayecto de ida y vuelta. Al contar sus historias, ellas reconocen que necesitan ayuda para recuperar su salud mental. Esta historia es parte de una publicación conjunta de varios medios venezolanos

    Por Rosalinda Hernández / Ilustración: Ernesto Cáceres

    I. Continuar con vida

    Yo no salí de Venezuela por gusto; en mi caso era salir del país o morir.

    En Colombia conseguí una operación que me ayudó a continuar con vida, pero no ha sido ni es una buena vida. Siempre estoy así, como me veo hoy: angustiada, desesperada, ansiosa y llorando todo el tiempo.

    Comenzando el año 2021, los médicos me dijeron: “Susana, tiene un tumor en el cuello uterino y necesita con urgencia una histerectomía”. Hice todas las diligencias necesarias para conseguirla en los hospitales de San Cristóbal, pero no se pudo. Tampoco tenía la plata para cubrir ese gasto en una clínica privada.

    Los médicos advertían que el tiempo era un enemigo implacable. A mis 54 años, la espera no era una opción; el tumor crecía y, con él, el riesgo de malignidad. Las hemorragias eran incesantes, los dolores eran insoportables, la hemoglobina me descendió a 6. Como le digo, era salir del país o morir. Elegí vivir, pero eso significaba dejar muchas cosas atrás, casi todo, y comenzar de cero en otro país.

    En medio de la desesperación busqué ayuda en la persona menos indicada: el papá de mis hijos, que vivía en Bogotá. Nosotros estábamos separados desde hacía unos cuatro años. Le conté la situación por la que estaba pasando. Él se ofreció a recibirme y a ayudarme a conseguir una operación rápida y gratuitamente.

    Viajé a Bogotá en julio de 2021. El papá de mis hijos me ayudó a conseguir la atención médica que necesitaba y la intervención fue un éxito… Pero al pasar los días, cuando pensé que mi problema había acabado, empecé a morir lentamente. Mi vida se empezó a desmoronar e intenté suicidarme.

    A cambio de la ayuda que me prestó, ese hombre me maltrató física y psicológicamente. Abusó sexualmente de mí, todas las veces que quiso, por muchos meses. Me obligó a que hiciera cosas horribles, cosas que me llevaron a intentar quitarme la vida. Él justificaba sus acciones con la cruel idea de que nada es gratis y que yo debía “pagar” por la operación.

    La situación se volvió un infierno y llegué a un punto de tener que recibir ayuda psiquiátrica. Me quisieron hospitalizar por el intento de suicidio y la depresión, pero me negué porque ¿quién me iba a sacar después de ahí?

    Cuando pude estar en regulares condiciones, con un mínimo de estabilidad, regresé a Venezuela a vivir en el rancho que tengo aquí, en San Cristóbal, en la comunidad del Renacer de La Machiri. No es algo cómodo, pero al menos es mío y lo tengo bien limpio y arreglado.

    Al retornar, nunca volví a ser la misma de antes. Sigo medicada, tengo que tomar una pastilla en la mañana y otra en la noche para controlar la depresión, la ansiedad y para poder dormir. A veces me encierro, duró varios días mal, y mi hija o los vecinos me traen algo de comer.

    Ahora estoy desempleada, no ha sido fácil encontrar trabajo aquí, quizá por mi edad o también por la situación del país que no ha mejorado. Estoy haciendo un curso de costura y trato de distraerme cortando, pero llega un momento que todo vuelve a mi cabeza, todo lo duro que pasé allá en Bogotá y siento que no soy capaz de controlar esa situación. Grito, me desespero y tal vez le estoy haciendo daño a mis seres queridos que están cerca. Se qué necesito ayuda psicológica, quiero recomenzar, es duro a mi edad vivir así.

    Carga adicional

    Clara Astorga, presidenta de la Federación de Psicólogos de Venezuela, explica que muchas personas que huyen de Venezuela afrontan experiencias de riesgo extremo que les causan daños psicológicos. «Los perjuicios del desplazamiento forzado en la salud mental suelen empeorar con la frustración por no lograr una mejor calidad de vida fuera del país y el retorno a Venezuela con la sensación de derrota», agrega la experta.

    Cuando se trata de mujeres retornadas los desafíos son mayores. Astorga indica que ellas deben asumir la carga adicional de las violencias basadas en género. Las mujeres que huyen de Venezuela están en una situación de precariedad material y emocional que las hace más vulnerables a distintas formas de abuso, entre ellas el abuso sexual.

    II. Como esclava

    Mi nombre es María Angelica y tengo 27 años, pero con todo lo que he vivido me siento como de 60.

    Volví de Colombia a la misma invasión de donde salí años atrás. Regresé triste, derrotada, marcada por más problemas de los que me llevé.

    En 2018, la situación económica estaba muy difícil en Venezuela, no teníamos ni para comer. No había nada que darles a mis niños, que tenían 10 meses y dos años de edad. Yo siempre he querido para ellos una mejor vida, con lo necesario: comida, casa y educación. Algo diferente a lo que me ha tocado a mí.

    Pensando en esto, Pedro, mi esposo de 26 años y padre de mis hijos y yo, decidimos irnos a Colombia. Llegamos a Bucaramanga a la casa de un cuñado, de ahí nos botaron a los dos meses. Yo había conocido a una señora en el restaurante donde trabajaba como ayudante de cocina. Ella nos prestó un dinero para alquilar una casa, ahí vivimos durante cinco meses.

    Esa misma mujer nos ofreció un trabajo en una finca, no muy lejos de Bucaramanga. Aparentemente era un buen trabajo porque ganaríamos más, pero fue un engaño. Nos tenían encerrados, como presos, no nos dejaban salir. Nos pagaban por el trabajo de los dos 100.000 pesos colombianos a la semana, unos 27 dólares al cambio. Trabajamos desde las cinco de la mañana hasta las cinco de la tarde, menos los domingos.

    Esa plata no alcanzaba para casi nada. El trabajo era en un matadero clandestino, por eso es que no podíamos salir, nadie podía salir de ahí.

    Un día cayó la policía. Me tocó correr a encerrarme con los niños, apagamos las luces del cuarto y en completo silencio pasamos horas, estuvimos rodeados. Eso parecía como cuando buscan a los narcos. La casa y todo el lugar se llenó de policías armados.

    A mí me tocó ponerle una teta a cada niño en la boca, no solo para alimentarlos, también para que no lloraran, los pobrecitos estaban muy asustados. No nos encontraron gracias a Dios, pero a partir de ese día empezamos a buscar trabajo en otro sitio.

    Llegamos a trabajar a otra finca como recolectores, era más lejos de la ciudad. La experiencia ahí fue la peor, no solo porque el trabajo era más duro y sacrificado, sino que no tenía donde dejar a los niños; los tenía que llevar conmigo todos los días al campo a recolectar apio, papa, cebolla y otras verduras. A los niños los sentaba en un cambuche que les hice y ahí ellos se quedaban tranquilos. Les dejaba arepitas, frijoles y agua. Ellos iban comiendo solitos. Cuando podía me escapaba a mirarlos para asegurarme que estaban bien.

    En este trabajo las condiciones eran diferentes porque nos tocaba dormir en colchonetas o hamacas en una sala grande con todos los demás recolectores, también compartíamos los baños.

    La jornada empezaba a las cuatro de la mañana y se prolongaba hasta la noche. A veces ni dormía porque me paraba a las dos o tres de la madrugada para adelantar la comida que tenía que llevarle a los niños. Nos pagaban un poco más, pero igual no se hacía mucho, solo alcanzaba para sobrevivir.

    El papá de mis hijos se empezó a portar muy mal y un día me pegó tanto que me dejó inconsciente y me llevaron a la emergencia del hospital. Cuando salí no quise regresar a la finca, me quedé en Bucaramanga en la casa de una señora que me apoyó. Intenté trabajar de nuevo, pero era muy duro, no encontraba un empleo para poder pagar los gastos de manutención mía y de los niños.

    Mi exmarido y papá de los niños me acosaba, entonces decidí retornar a Venezuela en el 2022. A veces me preguntó si hice bien en regresar a Venezuela, porque no he logrado levantar cabeza, todo es difícil aquí.

    Empecé a trabajar limpiando casas, luego conseguí empleo en una venta de comida en el mercado mayorista de Táriba.

    Una mañana, mientras caminaba al trabajo, un hombre se bajó de un carro, sacó una pistola y me obligó a subir al carro. Él se desabrochó el pantalón, me tocaba todo el cuerpo y luego me llevó a otro lugar donde me hizo bajar a caminar, me llevaba para violarme, pero logré escapar.

    No ha sido fácil superar todo lo que he vivido, trato de salir adelante por mis hijos. Quedé con mucha inestabilidad, temor e inseguridad después de lo vivido. Pero no es solo lo que me ha pasado aquí, las cosas que viví en Colombia, también fueron muy difíciles y me dejaron marcas no solo la piel, también en la memoria.

    Ahora tengo un emprendimiento de barbería; lo logré a través de un curso y ayudas que ofrecieron las organizaciones internacionales que trabajan en nuestras comunidades. Me defiendo haciendo cortes de cabello y peinados a niñas, atiendo a domicilio.

    Aquí, a la comunidad del barrio El Lago-Machiri, han venido algunas organizaciones a ayudarnos. Por medio del Servicio Jesuita, he recibido terapias psicológicas. Aprendí a escribir un diario de las emociones, eso me lo enseñó la psicóloga con la que hablaba. Me gustaría recibir más terapias porque me pasan cosas que yo ni puedo controlar, ni entender: no duermo, siento angustia y a veces creo que el papá de los niños puede venir a quitármelos, él me ha amenazado y vivo con miedo.

    En alerta constante

    La presidenta de la Federación de Psicólogos de Venezuela explica que las situaciones de estrés postraumático se caracterizan por la reexperimentación de episodios angustiantes: “Esto puede manifestarse en forma de recuerdos intrusivos, sueños sobre lo ocurrido, pesadillas, o imágenes repentinas del evento traumático cuando la persona está en un estado de calma. Se generan altos niveles de ansiedad, dificultando que las personas encuentren una sensación de seguridad en su entorno, lo cual es esencial para desarrollar sus capacidades y vivir sin la constante sensación de alto riesgo”.

    Clara Astorga precisa que para muchas personas el retorno a Venezuela es la continuación de una estrategia de supervivencia.

    Los eventuales traumas del recorrido de ida y vuelta suelen dejar secuelas que requieren atención especializada: “Se genera un estado de alerta constante. A menudo, presentan síntomas como insomnio, falta de apetito y ansiedad crónica. Cuando estas situaciones extremas persisten con el tiempo y no se logra restablecer el equilibrio, es crucial buscar la ayuda de especialistas”.

    III. Volver a intentarlo

    He salido tres veces de Venezuela y he regresado a Venezuela tres veces. Estoy pensando en la cuarta salida, porque queremos estar mejor.

    Es que aquí cada día la situación es más difícil, no se consigue trabajo. Y si se consigue, lo que pagan no alcanza para nada, ni para pagar un alquiler. Aquí vivimos arrimados en la casa de mi suegro y está situación preocupa más cuando uno ya tiene una hija.

    La primera vez que nos fuimos a Medellín fue en 2021. Yo estaba recién dada a luz, tenía 16 años, ahora tengo 19. Mi hermano estaba allá y me dijo: “Ruth me está yendo bien, vengan que yo les colaboro”. Nos dejamos llevar por ese comentario y nos fuimos el papá de mi bebé, la bebé y yo.

    No nos fue bien. Trabajamos en la calle vendiendo mercancía en una carreta, entre las cosas que más se vendían estaban los tapabocas, era obligatorio usarlos. A mí me tocaba andar con la bebé recién nacida recorriendo las calles todo el día, empujando esa carreta. La niña apenas tenía unos dos meses, yo le daba el pecho y quien terminaba trabajando fuerte era mi marido.

    Lo que hacíamos de plata no nos sustentaba, no alcanzaba para los pañales. Así nos aguantamos un tiempo, nos gastamos todo lo que teníamos y después a reunir para los pasajes hasta que logramos venirnos. Regresamos con las manos limpias a volver a empezar de cero aquí.

    En San Cristóbal solo hacíamos para la comida. A veces, ni siquiera para la comida juntábamos y pasamos hambre, mucha hambre. Hay días que no teníamos ni un huevo, ni pan, por eso es que uno vuelve a pensar en irse. Porque, al menos, allá en Colombia si usted trabaja, come. Pero no alcanza para el alquiler. Y si uno no paga, lo echan a la calle.

    En mayo del año pasado nos fuimos otra vez a Medellín pensando en qué se podía hacer. Pero es muy duro y no solo por lo económico, existe mucho maltrato.

    La gente, cuando saben que uno es venezolano, de una vez cambian de actitud, lo miran feo a uno, como si uno oliera a mal. Caminar por las calles es una lucha diaria, el espacio público se volvió hostil y humillante. No dejan que uno se les acerque y menos que estacione la carreta en la calle, porque los dueños de los locales salen a insultarnos y amenazan con la policía; dicen que nos van a deportar. Son muchos los abusos que uno debe soportar.

    En este último viaje a Medellín bajé muchísimo de peso, le toca a uno pasar hambre… Lo estábamos intentando, pero mi hermano tuvo un problema: lo amenazaron, lo iban a matar. Era riesgoso para nosotros seguir ahí y tuvimos que regresar otra vez.

    A mí me hubiera gustado estudiar, ir a la universidad, aprender un oficio, pero apenas y terminé el séptimo grado. Quisiera hacer un curso de algo para poder defenderme, que no tenga que pedirle plata a nadie, pero no consigo cómo hacerlo.

    La vida en Venezuela se ha vuelto un desafío constante, seguimos buscando estabilidad. No quiero volverme a ir, pero aquí tampoco tengo trabajo. Mi esposo es nuestro único sustento, no es mucho lo que gana en una empresa de venta de servicio de internet y la incertidumbre nos agobia.

    Me siento como atrapada entre querer quedarme aquí y la necesidad de buscar una vida mejor. A veces, incluso considero volver a emigrar, pero sé que sería difícil estar sola con mi niña en un lugar desconocido.

    He intentado muchas veces tener una casa, un hogar, pero las circunstancias no lo permiten. Los venezolanos no merecemos vivir así, llenos de dudas, merecemos una oportunidad para reconstruir nuestras vidas con dignidad.

    Reportería y redacción: Rosalinda Hernández/ Ilustraciones: Ernesto Cáceres/ Acompañamiento editorial: Edgar López

    *Esta historia fue originalmente publicada en una alianza de medios venezolanos (La Nación, Tal Cual, El Estimulo, Efecto Cocuyo) en abril de 2024.